Cuando el control migratorio arrasa con todo

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La foto de este artículo ya  fue publicada en los medios de comunicación, compartida y retwitteada en las diversas redes sociales, hasta el cansancio. La imagen es sólo una postal de la tragedia que se vive día a día en las fronteras de la Unión Europea.

En la primera mitad del año, más medio millón de personas, intentaron ingresar a la zona Schengen por distintas rutas, para dejar atrás la guerra, el hambre y el caos. Las solicitudes de asilo por parte de los inmigrantes se acumulan día tras día, y Europa no tiene respuestas.

Los países de la Unión Europea se reunirán de emergencia dentro de dos semanas para definir la situación de los refugiados. Aún no han tomado una resolución respecto a qué hacer frente al inmenso  flujo migratorio,  y la burocracia deja en situación de extrema vulnerabilidad a esas personas, que se encuentran a la espera de una resolución.

Esta situación irregular afecta a todos aquellos que buscan refugio en suelo europeo: hombres y mujeres, de todas las edades.

Sin embargo, no hay dudas de que los más perjudicados, como siempre, son los chicos.

Porque a pesar de que las Declaraciones de los Derechos del Niño, los convenios internacionales, y las leyes locales, intenten ser un soporte que garantice el bienestar de los más jóvenes, la realidad es mucho más dura de lo que se plantea en la letra escrita.

Se estima que en Europa Occidental hay más de 100.000 menores no acompañados. Estos son niños o adolescentes que cruzan las fronteras, sin la compañía de ningún familiar o adulto que se haga cargo de ellos.

Según la Directiva Europea 2001/55/EC3, los menores que cruzan las fronteras de Europa no pueden ser detenidos, ni deportados. Es por ello que muchos, escapando de la guerra y del hambre, lleguen a las fronteras en algunos casos, totalmente solos, y en otros, acompañados por sus familias, que son interceptadas. La decisión de dejar a los menores, solos del otro lado de la frontera, se da por muchas razones, entre ellas, la confianza de que por lo menos los más jóvenes tendrán un futuro mejor.

Así, los menores no acompañados quedan bajo la tutela del Estado, en un circuito lleno de burocracias, que termina de forma estrepitosa una vez que los menores cumplen la mayoría de edad. A partir de allí, entran en una “categoría” distinta, y ellos mismos deben hacer los trámites para pedir asilo si no quieren llevar la “etiqueta” de ilegales.

Las leyes migratorias, junto con el sistema burocrático relacionado a las mismas, está lleno de hipocresías. O de incoherencias.  

Una de las necesidades básica de los niños es el poder crecer en el seno de una familia. Dar protección a los chicos, pero no a los padres, es una de las tantas contradicciones que encontramos en todo el sistema.

Que muchas familias terminan desmembradas, al intentar cruzar las fronteras, habla de la dureza y deshumanización de las leyes migratorias.

Que el número de muertos, en poco más de una década, haya ascendido a más de 20.000 habla de un sistema de control de fronteras monstruoso.

Esperemos que las cosas cambien post 14 de septiembre. Caso contrario, habrá más muertes; y más menores quedarán huérfanos, víctimas de este sistema macabro.  

Cuando el control migratorio arrasa con todo
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