Del “que se vayan todos” a una nueva camada de políticos

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María Eugenia Vidal y los políticos electos de Tres de Febrero, Morón y Hurlingham, recorriendo la zona oeste a pie.
Lucas Delfino, María Eugenia Vidal, Ramiro Tagliaferro y Diego Valenzuela, los nuevos políticos que asumen en unas semanas.

Alguna vez he leído que las sociedades, cuando se encuentran al borde del abismo, hacen lo único que pueden hacer: cambian.

Para esto, superan obstáculos imposibles y se hacen de fuerza e ingenio nunca vistos, casi como sabiendo que de ellos depende el futuro, y juegan un papel fundamental en el devenir social.

Siguiendo la línea del pensamiento del cambio, la sociedad se encuentra en un umbral de saturación. Los argentinos sienten íntimamente el punto límite de sobrecarga que es posible aguantar sin transformarse; es casi como un acto reflejo que los obliga a sentir diferente, pensar diferente y, sobre todo, actuar en consecuencia.

En retrospectiva, durante décadas la sociedad argentina se ha comportado como el péndulo de un reloj antiguo, que va de extremo a extremo sincrónicamente. La concreción de cualquier plan a largo plazo quedó abortada, incluso llegando al punto de quebrarse la democracia misma, en las horas más oscuras.

Pero todo tiene un nuevo comienzo y, de alguna manera, esta sociedad de comportamiento tan dual, que a veces se comporta muy tolerante y otras veces muy intolerante, ha madurado y producido sus frutos más preciados: los hijos de la democracia. Para ellos, el sistema democrático institucional es un punto de partida, sólo eso: una partida, porque el infinito es su límite. El mundo moderno institucional salió con ellos del subdesarrollo, superando normas y estructuras tradicionales, abriendo camino a las transformaciones, gracias a las organizaciones, las nuevas ideas y los principios.

Los hijos de la democracia son curiosos; se informan sobre lo que pasa en la política y miran al futuro sabiendo que merecen algo mejor, con la convicción de que pueden hacer algo para conseguirlo. Saben que la violencia política es cosa de otros tiempos y se preocupan por la calidad institucional; se ofuscan cuando se viola la independencia de los poderes republicanos y se indignan con las debilidades del régimen de coparticipación federal y del sistema electoral.

Los nuevos políticos están siendo formados específicamente dentro de este espacio; están siendo nutridos con el espíritu de las leyes, el federalismo y la forma de vida republicana; tienen las convicciones de que el Estado es para- y es de- todos; pero, por sobre todas las cosas, los nuevos políticos no se ven como los políticos actuales: ellos son ciudadanos de a pie, que viven en la comunidad y no se imaginan por sobre ella; ellos no hablan en altares, porque son parte de algo más grande.

Éste es el amanecer de la nueva generación de argentinos. Los hijos de la democracia quieren perfeccionarla y necesitan que el Estado los resguarde con reglas claras; llevan consigo el espíritu de la constitución, más allá de las palabras de Alberdi; ellos son una nueva generación de políticos, que pueden hacer lo que pueden hacer: cambiar.

 

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