Planes sociales: ¿para qué sirvieron?

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En el año 2001 la Argentina colapsaba, los planes sociales comenzaban a ser palabras de todos los días y a partir del gobierno de Néstor Kirchner se intensificaban. Daniel Arroyo, ex viceministro de Desarrollo Social de Kirchner, ha reportado que hoy 8 millones de personas reciben algún tipo de plan social. No es la foto de una década ganada.

Veamos la opinión de Juan Pablo II, en una alocución de 1987: “El trabajo estable y justamente remunerado posee, más que ningún otro subsidio, la posibilidad intrínseca de revertir aquel proceso circular que habéis llamado repetición de la pobreza y de la marginalidad”. Una posición similar la sostuvo Maimónides, quien colocaba en la más alta escala de la filantropía el dar a un pobre los medios para que pueda vivir de su trabajo sin degradarlo con la limosna abierta u oculta.

¿Cómo reinsertar a los beneficiarios de los planes en la sociedad? Juan Pablo lo sugiere en aquella exposición al advertir que “esta posibilidad se realiza sólo si el trabajador alcanza cierto grado de educación, cultura y capacitación laboral, y tiene la oportunidad de dársela a sus hijos. Y es aquí donde estamos tocando el punto neurálgico de todo el problema: la educación, llave maestra del futuro, camino de integración de los marginados, alma del dinamismo social, derecho y deber esencial de la persona humana. ¡Qué los Estados concentren sus mejores esfuerzos en la promoción educacional de la región entera!” Muchos beneficiarios de los planes no han terminado su educación obligatoria. ¿Por qué no exigirles que concurran a una escuela de adultos o a un programa de entrenamiento profesional como requisito para cobrar su asignación? ¿Cuántos menos ciudadanos dependerían hoy de la ayuda del gobierno si se hubiese implementado hace 10 años? Es claro que esta propuesta se encuadra dentro de una ética capitalista. ¡Amor al prójimo y capitalismo, cuánta confusión! En 1984, en su discurso de despedida al retornar a EE.UU., el rabino Marshall Meyer -que enfrentó a la dictadura militar por sus violaciones a los derechos humanos, fue el único extranjero miembro de la CONADEP y era un fervoroso creyente del liberalismo económico- dijo: “Basta de confundir las palabras. Basta de llamar izquierdista a aquél que simplemente ama a su prójimo. Si preocuparme por el hambre del otro, por su alimento, por su techo, su llanto, su soledad, es izquierdismo, lo cual niego, entonces soy izquierdista. Sin embargo yo niego que soy izquierdista, a pesar de que no hay absolutamente nada de malo en serlo”.

Exigir a todo beneficiario que retome su educación, como requisito para hacerse acreedor al subsidio, cambiaría su calidad de vida y permitiría terminar con una sociedad en la que una élite educada mantiene a una clase permanente de desempleados. ¿No es razonable evaluarlo?

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