Cambiemos, en la ruta del progreso

Entramos desde hace varios meses en un período de transición. Una nueva etapa en la cual se busca ordenar las cosas que quedaron subvertidas producto de los desmanejos del Gobierno pasado. La lógica que guía este proceso se vincula con la racionalidad; se aportan desde diferentes esferas de Gobierno (y desde fuera de él) argumentos, fundamentos, lógicas que tienen su razón de ser en el saber científico. Este Gobierno, a contramano del Gobierno pasado, cree poder aportar soluciones probadas, no mágicas a los problemas de los argentinos para así mejorar el bienestar de la sociedad en su conjunto. El kirchnerismo, por el contrario, fundamentaba sus decisiones de Gobierno en la fe, el optimismo, la militancia y, en última instancia, el carisma y la oratoria (y por qué no la autoridad de una persona, devenida en autoritarismo)(1). No había demasiada ciencia detrás de lo que hacían o creían, y cuando intentaban formular una “teoría” apelaban a modelos viejos, gastados y obsoletos.

Por ejemplo, quién niegue en el siglo XXI que la inflación es un problema monetario y acuda únicamente a la variable distributiva (la denominada “puja distributiva”) para explicarla, está más que haciendo ciencia apelando a viejos pensamientos e ideas que ya en el mundo (los países occidentales con cierto nivel de desarrollo) parecen superados. Digo parecen porque el mundo se encuentra continuamente en constante cambio y nada permanece intacto de una vez y para siempre (si no mirar lo que está pasando en este momento dentro de la Unión Europea).

Asimismo, la ciencia política, por poner otro ejemplo, ha llegado a la conclusión de que el desarrollo de los países y el bienestar de sus ciudadanos tienen su razón de ser en la calidad de sus instituciones políticas. La década de reformas estructurales en los ´90 trajo un aprendizaje para muchos países latinoamericanos, pero no para la Argentina: las reformas estructurales deberían tender o, al menos, contemplar el fortalecimiento de las instituciones, independientemente del tamaño y la fisonomía del Estado. El Gobierno de los Kirchner, lejos de atender al bienestar de sus instituciones, las ignoró y pisoteó. Por poner solo 3 ejemplos, esto es lo que sucedió con nuestra moneda nacional, que sucumbió sucesivamente a la devaluación: es así que el peso argentino se devaluó en relación al dólar cerca de un 230% solo entre 2011 (año de instauración del cepo cambiario) y 2015. La política comercial fue víctima de personajes como Guillermo Moreno, producto de sus arbitrariedades e inconsistencias (el comercio interno y las importaciones). Por su parte, la burocracia se llenó de militantes del proyecto “nacional y popular”, con independencia de su capacidad e idoneidad (las designaciones “por excepción” se convirtieron efectivamente en la norma dentro del Estado)(2).

Este Gobierno, por el contrario, parece decidido a fortalecer sus instituciones, ya que las consideran un pilar central para el desarrollo.  Su visión política-ideológica es claramente distinta. En este sentido, uno de los objetivos del Gobierno de Cambiemos es fortalecer o, al menos, resguardar el valor de la moneda, luego de sincerar su valor real. La relativa estabilidad de la moneda en los últimos meses (el tipo de cambio en términos nominales) es buen indicio de lo que puede suceder a futuro. El tiempo dirá si este objetivo se consigue o no, pero hay una clara intención de que la moneda fluctúe en torno a una banda y la intervención del Banco Central en el mercado es clave para conseguirlo. Las reservas en los últimos meses han aumentado fuertemente para, entre otras cosas, habilitar al Banco Central a intervenir y disipar la volatilidad. El comercio exterior, por otra parte, se ha nutrido de nuevas reglas que tienden a simplificarlo y a otorgarle previsibilidad(3). Argentina ha decidido integrarse nuevamente al mundo de la mano de una política exterior “pragmática”, como la ha definido la canciller Susana Malcorra. Implica relacionarse más con todos los países, independientemente de su ideología (a partir de una moral base que comparten). Es así que varios jefes de Estado de naciones avanzadas han visitado ya la Argentina, del mismo modo que la comitiva argentina visitó numerosos países desde que Mauricio Macri se convirtió en el nuevo presidente hace solo 6 meses. Con respecto a la visión sobre el Estado, el actual Gobierno cree mucho más que el anterior en una burocracia profesionalizada, capacitada, y neutral respecto a los valores del Gobierno de turno. La burocracia estatal debe estar preparada técnicamente para llevar adelante políticas de Estado con prescindencia de su color político.

En tercer término, la ciencia ha probado que el desarrollo de un país requiere, además de instituciones fuertes, grandes -y sostenidas- inversiones desde el exterior. El modelo de desarrollo hacia adentro es insuficiente para aquellos países que buscan desarrollarse armónicamente en el mediano y largo plazo. Los problemas más urgentes de Argentina (que son muchos y serios), como la falta de creación de empleo, la pobreza y la inflación podrían haber cedido parcialmente en el pasado con un cambio de modelo de desarrollo hacia adentro por uno más amigable con los inversores externos. Pero para eso hubiese sido necesario terminar con el cepo cambiario, arreglar con los holdouts la deuda impaga, reducir la inflación (causa y consecuencia de la falta de inversiones), bajar la presión impositiva y brindar estabilidad y confianza política. Sin duda, la última condición era la más difícil de cumplir, dada la falta de cumplimiento de las reglas y la desconfianza que generaba el Gobierno pasado. Se podría decir también que las trabas burocráticas y la corrupción representaban un obstáculo para atraer la inversión privada, interna y externa. El nuevo Gobierno ha empezado a recorrer este camino bastante rápido, quedando aún pendientes por resolverse el tema impositivo y la estabilidad política.

A propósito, se puede recrear un horizonte de estabilidad política por medio de sucesivos acuerdos entre Gobierno y oposición, dentro y fuera del Congreso. Luego de varios tropiezos en el comienzo de su gestión, Cambiemos ha tejido interesantes vínculos con la oposición en el Congreso; falta saber si los acuerdos se mantendrán en el tiempo a partir de una política de consenso y negociación, o si cederán en vistas de un nuevo año electoral. El papel de los gobernadores es fundamental. Falta profundizar, desde mi punto de vista, el diálogo con los partidos opositores -con o sin representación parlamentaria- en una mesa de trabajo. Esto permitiría consolidar las relaciones entre Gobierno y oposición, a partir de una mayor interacción, cooperación, trabajo conjunto y confianza recíproca.

La importancia de captar inversiones y fomentar la inmigración para poblar el país (condición para el desarrollo como esgrimió J. B. Alberdi) debe ser complementada con un aumento del volumen de las exportaciones. El primer paso fue dado. Las retenciones a las exportaciones de productos primarios agropecuarios, la ventaja comparativa por excelencia de Argentina, fueron eliminadas, salvo en el caso de la soja y sus derivados. De igual manera, la intervención del Gobierno en el mercado de la carne se levantó.  Se espera que, en los próximos años Argentina aumente fuertemente su capacidad exportadora de la mano de un campo pujante, liberado de ataduras con capacidad para demostrar y desplegar todo su potencial. Los primeros datos son alentadores, a pesar de los inconvenientes climáticos que aquejaron al sector. Los éxitos del campo serán los éxitos del país porque una mayor entrada de divisas generará un mayor dinamismo de la economía y de todas aquellas actividades que dependen directa o indirectamente del campo que son muchas.

Finalmente, la economía necesita ser apuntalada con una educación de calidad y una ciencia y tecnología a la altura del siglo XXI. En estos dos aspectos los desafíos del nuevo Gobierno son muchos y los logros están todavía por verse. Los avances en ciencia y tecnología de los últimos años han sido reconocidos. De allí la idea de mantener en sus puestos a los ministros de esa cartera, condición necesaria para lograr un desarrollo de largo plazo en el área. También sigue intacta la voluntad de financiar los proyectos ya en marcha. En educación, las deficiencias son muchas: a pesar de la fuerte inversión presupuestaria realizada por el Gobierno pasado, el nivel de la educación en nuestro país sigue en baja. Así los muestran las pruebas internacionales. Argentina deberá recuperar el elevado nivel educativo que alguna vez tuvo poniendo mucho énfasis en la calidad de la educación: la evaluación y constante capacitación de los docentes se esgrime como un medio para alcanzarla. El sistema educativo deberá premiar y “castigar” a quienes hagan las cosas bien y mal, respectivamente. Un alumno que no estudie tendrá que ser “sancionado” con una mala nota. Un alumno que estudie deberá ser premiado. Por último, se necesita que los alumnos sean instruidos en el uso de la tecnología con fines educativos. Para eso es indispensable contar con docentes dispuestos a adaptarse a las nuevas tecnologías del siglo XXI.

Al comienzo del artículo contrapuse la idea de ciencia (Cambiemos) con la de fe y militancia activa (el kirchnerismo). Con esta distinción no niego los conflictos que un “Gobierno de la ciencia” pudiese ocasionar. Porque, en última instancia, el Gobierno en una democracia responde al pueblo y es la autoridad política quien debe tomar las decisiones y, más importante, quien se hace cargo de sus consecuencias. Su tarea principal es equilibrar y sopesar los intereses muy diversos que existen en una sociedad. Pero la política debe acudir a los técnicos para asesorar a los primeros en los diferentes temas de la realidad económico-social nacional que adquieren visibilidad pública e interés político. En el vértice del Estado se encuentra la máxima autoridad política que decide, pero ésta debe tener la suficiente madurez y humildad para reconocer que todo no lo sabe y que debe ser acompañada por gente especializada con suficiente conocimiento avanzado para encaminar al país en la senda del progreso (la tarea de los equipos de Gobierno y de la burocracia profesionalizada). La opinión pública crítica hará el resto, si se me permite la simplificación. Este camino -tan largo- ya comenzó a ser transitado. Queda pendiente saber si el camino trazado se mantiene y se profundiza en esa misma línea.

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