Cristina Fernández de Kirchner y su desprecio por el argentino promedio

Un viejo refrán bíblico nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. En épocas antiguas los Faraones dominaban Egipto ejerciendo la teocracia. Tanto ellos como sus súbditos estaban convencidos de que los soberanos de esa antigua tierra eran deidades, a tal punto que la lluvia y las cosechas eran obra y gracia de estos carismáticos líderes. Un poco más modestos fueron los monarcas absolutistas al afirmar que su autoridad provenía del derecho divino. Esta ridícula creencia derivó en la desafortunada y más célebre frase de Luis XIV, alias el Rey Sol, cuando afirmó frente a un parlamento poco paciente “el Estado soy yo”. Con estos antecedentes a nadie puede sorprender que los líderes populistas de nuestro continente se paseen por Europa proclamando ser la fiel y única representación posible de su pueblo, desconociendo, minimizando o ignorando los resultados electorales más recientes. Solo en esta misma lógica puede caber que todo lo bueno que pudiera sucederle a un ciudadano en su país de origen será gracias al régimen populista, mientras que lo malo será culpa indiscutible de conspiraciones tramadas entre los golpistas locales y sus aliados del imperialismo extranjero.

La gira de Cristina Fernández de Kirchner por Europa

Mal que nos pese, Cristina Fernández de Kirchner ha demostrado seguir esta línea de pensamiento. Fiel a su relato estuvo dando conferencias en Europa, con un permiso de salida no menos que polémico. Fue en este contexto que la ex mandataria, sospechada de haber cometido graves delitos de corrupción, nos regaló su visión de la derrota electoral que sufrió el FPV en el año 2017. Según ella los argentinos somos “una sociedad que no está capacitada para leer”, ni para “mirar lo que sucede detrás de las noticias”, siendo que nuestros “jóvenes de veintipico que entraron a trabajar a las fábricas creyeron que era un mérito propio”, lo que desencadenó en que hayamos elegido “un gobierno neo liberal”.

Pareciera contradictorio, o al menos polémico, que entre los jóvenes que la acompañan en este viaje se encuentre Delfina Rossi, hija del ex ministro de defensa Agustín Rossi. Una joven que se hizo famosa por su nombramiento en el directorio del Banco Nación a pesar de no haber tenido siquiera un mes de experiencia laboral en bancos, y sin embargo tener trayectoria política en Europa. En otras palabras, un nombramiento que no respondía al “mérito propio”, sino al “modelo nacional y popular”.

Sin embargo, la presencia de esta persona es coherente con la cosmovisión expuesta, ya que los populistas no creen en el mérito ni en el esfuerzo del individuo. La familia Kirchner, al igual que  la Rossi, solo cree en la rosca, la obediencia y la deuda generada por favores. El mundo en el que creen vivir solo tiene dos clases de personas: la casta política a la que ellos pertenecen, y la masa inerte de personas a la que llaman pueblo. Retorcido es que quienes creen en esta forma de organización global se convencieron a sí mismos de que el pueblo les debe algo a sus políticos, y ese algo se debe pagar con fidelidad absoluta a un partido o a su líder.

Las últimas declaraciones de Cristina Fernández de Kirchner sólo han  demostrado el desprecio que siente el populismo por el ciudadano argentino. Un ciudadano al cual ya no le gusta que lo traten mal, y que prefiere reemplazar a los líderes iluminados por servidores públicos con trayectoria en el sector privado. Un pueblo que comienza a comprobar que el gran General San Martín estaba en lo cierto cuando nos advertía que “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”.

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