Cristina Kirchner y los refugiados sirios

La semana pasada Cristina Fernández de Kirchner hizo tapa en los diarios, al detractar a los países europeos por la manera en la que lidian con los refugiados sirios. En un efusivo discurso televisado, en clara alusión a Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años fotografiado ahogado, Cristina dio a entender que Argentina no es como “los países del norte que expulsan inmigrantes y dejan morir chicos en las playas”. La presidenta sentenció que no quiere parecerse a Europa, y con la pomposidad y autobombo que la caracteriza, intentó, nuevamente, aleccionar al Primer Mundo acerca de la ética con la cual deben conducirse los Estados. No obstante, lo que esta vez llama la atención, es que sus dichos coincidieron con la muerte (mediatizada) de un adolescente chaqueño por desnutrición. En efecto, mientras Cristina Kirchner vanagloria su propia sombra, en Argentina, otrora “granero del mundo”, siguen muriendo chicos de hambre. Tal vez no fallezcan en las playas, pero ciertamente lo hacen en las áreas más carenciadas, si no abusadas, del país.

Los dichos de Cristina Kirchner se produjeron en un acto público, el último 9 de septiembre, con la presencia del ex presidente brasilero Lula Da Silva. Cual usanza populista, con la bandera argentina de fondo en una gran pantalla y con jóvenes médicos auxiliando su imagen parados detrás de ella, Cristina casi rompió en llanto y habló de la “decadencia cultural” de Europa, pues “se andan tirando inmigrantes de un país a otro como si fueran bultos”. Por si la crítica general no fuese suficiente, Cristina Kirchner se empecinó particularmente con Ángela Merkel, por el video viral en donde la canciller alemana trata de consolar a una adolescente palestina que sería deportada junto a su familia. La presidente anunció que no quiere parecerse a la líder alemana para, en cambio, enaltecer las supuestas cualidades de su argentinidad: la solidaridad, el trabajo, y la apuesta por la producción y el desarrollo. Sin embargo, si nos atenemos a la realidad, por diestra o siniestra, Cristina Kirchner no le llega a Merkel a los talones, tanto en términos de relevancia internacional como de fibra y carácter moral. La canciller alemana podrá ser vilificada, pero difícilmente pueda ser acusada de tener doble discurso; y, gracias a eso, se ha convertido en el motor que impulsa a la Unión Europea a ahondar esfuerzos para dar cabida a más refugiados. Por otro lado, al hablar de Cristina Kirchner, la palabra que mejor describe las cualidades de la mandataria argentina es demagogia – pura demagogia.

Fiel a su estilo, articulando una retórica que busca impresionar imitando a Eva Perón, Cristina Kirchner siempre soslayó la menor autocrítica a su gestión y, probablemente, nunca la hará. En el repaso de sus estadías en el poder, ella y sus funcionarios más cercanos se relatan inmaculados. Tratan de convencer de que sus acciones son evidentemente correctas, por los derechos populares adquiridos, y venden la idea de que sus pertenencias a una vanguardia nacionalista legitima no sólo sus riquezas, productos de manejos poco transparentes en la administración pública, sino también sus prédicas hacia el resto del mundo. Las intervenciones de Cristina Kirchner en los foros internacionales siempre van acompañadas de cátedra acerca de las causas de los problemas que acosan al mundo y los males del capitalismo. Los poderosos, sean éstos Estados o fondos de capital privados, son eternos villanos que esclavizan a una mayoría pobre injuzgable, que dogmáticamente, a los ojos del kirchnerismo, carece de toda responsabilidad de sus propias decisiones o acciones.

Apelando a la simpleza de los mitos populares burdos, en el discurso en cuestión, Cristina Kirchner sugirió que el origen de la guerra en Siria estriba de las maquinaciones de las potencias, que venden armas y promueven intereses faccionarios a costas del sufrimiento de millones, por puro interés y conveniencia geopolítica.

La discrecionalidad autocrática de la presidente, además de haber polarizado Argentina, sin embargo la ha enajenado de la compañía de algunos de los líderes más importantes del mundo desarrollado. Cristina, en cambio, ha optado por codearse con autócratas ejemplares, como lo fuera Hugo Chávez y como lo es Vladimir Putin. Lo peor, si uno toma tal intervención sobre los refugiados y la coteja con las presentes afinidades geopolíticas de Argentina, es que, paradójicamente, Cristina se parece más a esas potencias oscuras de lo que admitiría. Si bien no existe un buen vínculo entre Argentina y los Estados Unidos, acaso el hegemón que Kirchner se mentalizaba en el discurso, lo hay con China y lo hay con Rusia –dos de los principales exportadores de armas en el globo. Como dijo la presidente, para que no nos tomen de pavotes, desde ya debemos establecer que estas naciones también tienen sus intereses en Siria y su cuota de responsabilidad en semejante conflicto.

Vista la situación, la efusividad de la mandataria para criticar a Europa sirve como ventana para comprender mejor la bancarrota ideológica del kirchnerismo. Volviendo a los argumentos, primero está el hecho que Cristina Kirchner critica a los europeos por no hacer esfuerzos suficientes para que no mueran más chicos en las playas, pero al mismo tiempo calla y vitorea a los suyos mientras chicos argentinos mueren de hambre en el norte del país. Segundo, resulta revelador que antes que negar parecidos con dictadores de la talla de Bashar al-Assad niega parecidos con verdaderos demócratas como Ángela Merkel. Al caso, a partir de sus palabras, uno puede inferir que para Cristina Kirchner, Merkel es más responsable que Assad de la hecatombe que pesa sobre el pueblo sirio.

Si de parecidos se trata, no hay que olvidar que en 2008 la presidente, electa por sufragio popular, se comparó con Muamar el Gadafi mientras visitaba Libia. Expresó junto a Gadafi que “hemos sido militantes políticos desde muy jóvenes, hemos abrazado ideas y convicciones muy fuertes y con un sesgo fuertemente cuestionador al statu quo que siempre se quiere imponer para que nada cambie y nada pueda transformarse”. Allí, Cristina Kirchner no sólo mostraba su lado más sandio sino más dogmático y arrogante. Siempre en sintonía ideológica maniquea, precisamente negaba – tal como hace hoy en día – la posibilidad de que los diablos reales o imaginarios puedan cambiar. El problema no está en que la presidente haya elegido reunirse con Gadafi, mas sí en que haya deliberadamente lanzado una comparación que atenta contra su propia investidura como líder electa democráticamente. El problema está en que escogió adoptar un discurso aparentemente progresista y, no obstante, se compara con o se afilia a los exponentes equivocados, que promueven todo lo contrario. En otras palabras, sin importar qué tan mal está el mundo, la culpa siempre la tendrán los eternos enemigos enfrascados en su memoria. Quizás,su delirio quedó mejor expuesto un año atrás, cuando frente a amenazas por parte del yihadismo expresó que si le pasa algo “no miren hacia el [Medio] Oriente, miren hacia el Norte”.

A pesar de esto, tomando como ejemplo los dichos recientes de la presidente, es conocido que bajo el kirchnerismo Argentina se presenta internacionalmente como una promotora desinteresada de los Derechos Humanos en el mundo. Aunque la evidencia muestra que el modelo no resiste el escrutinio del observador aguzado (y ciertamente podríamos citar muchísimas contradicciones, además de aquellas vinculadas con Medio Oriente), es de esperar que Cristina intente sacar réditos políticos a partir del desamparo de los refugiados sirios. Por lo menos, nadie se sorprendería si así lo intentara. Como estableció sagazmente el satírico humorista uruguayo Carlos Tanco (mejor conocido por su personaje Darwin Desbocatti), “los refugiados sirios son la moneda moral de moda en el mundo. Cuantos más sirios tiene el país, más alto cotiza su dignidad, más solidaridad puede ostentar ante otros, más reservas morales tiene”.

En 2011 Cristina Kirchner hizo un acto público aprovechándose de un kelper, residente en Islas Malvinas, que pidió el documento argentino. En aquel momento, frente a las cámaras de televisión, la mandataria le entregó al hombre de ascendencia británica su documento y fanfarroneó sobre el carácter humanista que proyecta su presidencia. No sería en absoluto descabellado imaginar la continuación de esta tradición populista, en un hipotético acto público con refugiados sirios. Tal vez sea lo que termine pasando y, de ser así, podríamos ver a la presidente galardonándose por la campaña compasiva y bienhechora de la Argentina kirchnerista. Mientras tanto, entre tantos otros flagelos, los chicos siguen muriendo de hambre en el país y los demagogos revelan sin pudor la decadencia cultural argentina, no europea.

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