Desnutrición, un problema nacional que sigue sin respuestas del Estado

Argentina no puede salir de sus problemas por el estancamiento intelectual de sus políticos. Por eso, semana tras semana nos ocupan temas distintos que nunca o casi nunca superamos. Por eso se iteran y aumentan en el tiempo, hoy, la desnutrición.

Las tarifas, el déficit, la inflación, el dólar, la frazada corta, la culpa del anterior… En definitiva, estas son consecuencias que se vuelven medulares, pero que no denotan el problema en sí. La falta de continuidad en políticas públicas, teniendo como eje al ciudadano y como norte la proyección de este en su crecimiento, es decir, la falta de planificación a largo plazo, de pensar la Argentina del mañana nos devuelve esa oquedad en la Argentina del presente.

No haber pensado ni planificado Argentina durante décadas nos devuelve una realidad que hoy tiene el rostro del verdadero problema nacional, generaciones hipotecadas a las que no entendemos y mayoritariamente rechazamos. Cuando un chico no entiende o no comprende en la escuela, lo último que se nos ocurre pensar es que puede ser producto de haber nacido de una mamá desnutrida y serlo él también. Cuando vemos a personas de 20, 30 años que, teniendo trabajo, faltan con habitualidad, dentro de la gama de interpretaciones sobre esta actitud, creo no equivocarme al afirmar que nunca pensamos que se puede deber a su sistema inmune debilitado, que lo convierte en un adulto con enfermedades crónicas, producto de su propia desnutrición o de una madre que lo gestó desnutrida. La desnutrición genera una relación directa con las infecciones diarreicas en verano y respiratorias en invierno. La presencia de una agrava la otra. El sistema de salud cura la infección del niño o del adulto, pero no evita que vuelva al contexto donde se enferma. El sistema de salud no lo cura de su pobreza, de no tener abrigo, medicamentos, de no tener la base de las necesidades fisiológicas, es decir, vitales, satisfechas.

En estos días se conoció un nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, sencillamente allí se nos dice que aproximadamente 8 millones de niños no superan el escalón de las necesidades básicas: alimentarse, abrigarse, curarse, vivienda digna. Para 8 millones de niños argentinos alcanzar el vértice de esta pirámide, la autorrealización, es sencillamente imposible.

El licenciado Fernando Longhi, investigador del Conicet, una vez más nos sorprende con un trabajo que en esta ocasión fue sostenido económicamente por el Ministerio de Salud de la Nación, para intentar salir de la tiranía de los promedios que no sirven a la hora de generar políticas que corrijan los problemas. El trabajo, titulado “La desnutrición en la niñez argentina en los primeros años del siglo XXI: un abordaje cuantitativo”, publicado la semana pasada por la Universidad Nacional de Lanús, intenta saber dónde estamos parados ante el gravísimo y escandaloso problema de la desnutrición en Argentina, dado que la última y única encuesta nacional sobre salud y nutrición se realizó en el 2004.

Este estudio abarcó cuatro niveles: país, regiones, provincias y 511 departamentos. A nivel país, se concluye que la desnutrición descendió pero no desapareció. A nivel regional, las asimetrías son impactantes: en la Patagonia tiende a desaparecer, mientras que en las provincias del norte persiste y escala. El trabajo es muy interesante, rescato algunos ítems. Me explicaba el licenciado Longhi que tomaron tres indicadores. Mortalidad de niños menores de 5 años: se nota una leve mejoría. Egresos hospitalarios de niños de menos de 5 años: crece mucho en el conurbano bonaerense y los conurbanos de capitales provinciales. Y el tercer indicador releva a niños nacidos a término con un peso menor a los 2500 kilos, cuyas madres no terminaron la primaria. Este valor es altísimo, a nivel país oscila del 15% al 40%-50% en las zonas más complicadas. Esto trae como consecuencia lo que se conoce como predisposición genética, es decir, una criatura que nace de una madre desnutrida va a desarrollar patrones de desnutrición hasta la tercera generación.

Si bien cada vez se ven menos chicos piel-hueso o de baja talla, los llamados “petisos crónicos”; ahora se habla de la doble carga de la malnutrición: malnutrición por déficit de hierro y malnutrición por exceso de grasas y fundamentalmente de hidratos de carbono. Las proteínas y los carbohidratos claves para el neurodesarrollo están ausentes. Esto trae como consecuencia que estas criaturas a temprana edad, 30-35 años, padecen diabetes, enfermedades cardíacas y respiratorias. Este trabajo también refleja que en zonas rurales de Tucumán, por ejemplo, 9 de cada 10 niños de 8 a 12 años son obesos. Estos niños desayunan y almuerzan en escuelas rurales. La gran responsabilidad está en el Estado, porque con las partidas asignadas a los comedores escolares se priorizan alimentos rendidores, al ser más baratos, a los nutritivos, más caros: carne, fruta, verdura.

No todo es desnutrición o malnutrición, muchas veces es ignorancia de parte del Estado sobre el problema real. En la Puna tiempo atrás se pensó que los niños estaban desnutridos, en realidad tenían parásitos que les absorbían los nutrientes. A propósito de parásitos, Argentina también está ausente ante problemáticas puntuales donde hay viviendas con piso de tierra, se convive con animales que ayudan al abrigo, pero no se los desparasita. No se educa en higiene, en lavado de manos.

Argentina no tiene diagnóstico, le falta educación, no tiene generosidad y conmiseración con los más necesitados, y no es por falta de recursos, es por no ver en el otro a uno mismo. La desnutrición no es solo falta de alimentos, entre tantas cosas también es falta de estímulo. Todo esto ocurre mientras la política piensa en el 2019, pero extrañamente se olvida de proponer qué hacer para que los niños argentinos, el futuro, sean los privilegiados.

Teniendo presente el 1º de mayo reciente, el mejor remedio para esta enfermedad es generar trabajo digno.

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