El 20 -D, cuando nació “la bella Spagna”

Las recientes elecciones a las Cortes Generales ibéricas, celebradas el 20 de diciembre último, significaron el quiebre del esquema político postfranquista, dominado por los partidos Popular (PP, antigua Alianza Popular) Socialista Obrero Español (PSOE). Irrumpieron con ímpetu las nuevas fuerzas de Podemos y Ciudadanos, que, respectivamente, quitan votos por izquierda y derecha a los sellos tradicionales.

Esta vez, ni populares ni socialistas estuvieron siquiera cerca de conseguir la mayoría absoluta de escaños en el Congreso de los Diputados (176, sobre un total de 350), y es probable que el próximo presidente del Gobierno se encuentre respaldado por una amplia -y endeble- coalición, si no es que le toca administrar el país bajo condiciones minoritarias.

En 2004, José Luis Rodríguez Zapatero inició su primer mandato gracias al apoyo de seis partidos que sumaban un total de 183 diputados, aunque al PSOE le correspondía el 90% de ese conjunto. En tanto, el siguiente período gubernamental (2008-2011) estuvo signado por la presencia de un oficialismo en desventaja (169 bancas), que se mantuvo en el cargo gracias a la abstención de diversos partidos regionales ante mociones de censura impulsadas por la centroderecha.

Actualmente, si ya será complejo para los populares conformar una coalición junto a Ciudadanos, Democràcia i Libertat y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), más esfuerzos implicará para los socialistas llegar a aliarse con Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya, el PNV y Unidad Popular –o bien Bildu-.

El corriente gobierno en funciones fue ungido en 2011 en virtud de una mayoría absoluta monocolor, que no se registraba desde el segundo triunfo de José María Aznar. Sin embargo, la grave situación económica, sumada a resonantes casos de corrupción ligados a altos mandos del PP, disolvieron tamaño capital político en sólo cuatro años.

Tal vez, los lectores de este artículo consideren posible visualizar un pacto que aglutine a las dos grandes fuerzas partidarias, como sucede en territorio germano. Ante la dura negativa socialista a dicha idea, el presidente Mariano Rajoy parece no tener más opción que rezarle a la Virgen de la Almudena, para que el resto de la oposición se abstenga de votar en contra de su investidura. Con el silencio, basta.

El modelo bipartidista ha recibido un duro golpe y todo indica que el reino peninsular deberá abandonar su lógica política de imposición y reemplazarla por otra tendiente al diálogo, al igual que se observa en Italia. Allí, la sumatoria de multipartidismo moderado y bicameralismo perfecto obligan al presidente del Consejo de Ministros a conformar amplias coaliciones que -como efecto del alto número de partidos aglutinados- se rompen  antes que finalice la legislatura.

Por su parte, diversos abogados constitucionalistas indican que el monarca Felipe VI cuenta con la potestad de, eventualmente, nombrar a un jefe de Gobierno supra partes, capaz de encabezar una gestión de corte técnico, cuya principal tarea sería calmar las bravas aguas de la política antes que se efectúe un nuevo llamado a las urnas. Sin embargo, decisiones que parecen tan alejadas de la ciudadanía, tales como la reforma del sistema electoral, pueden originar nuevos enfrentamientos entre estructuras partidarias históricas e incipientes.

Un 20 de noviembre de 1975, el fallecimiento del dictador Francisco Franco daba inicio a la transición hacia una democracia protagonizada por dos partidos, que se alternaban sin sobresaltos en la llegada al Palacio de la Moncloa. Cuarenta años más tarde, el día 20 de diciembre (o «20-D», utilizando el lenguaje impuesto por los medios de comunicación) significó el surgimiento de un esquema pluripartidista, que brinda a la realidad política española rasgos propios del agitado modelo itálico.

Por todo esto, y lo que falta ver… Signore e signori, benvenuti nella bella Spagna!

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