Interrupción voluntaria del embarazo: nadie muere antes de nacer

Con sabiduría y visión de cambio el presidente Macri puso en la escena legislativa el demorado tema de la interrupción legal del embarazo. Naturalmente eso impulsó la discusión pública no solo en el Congreso sino también en los medios y en las redes sociales. En ese debate quedaron de manifiesto fragilidades de diversa índole que resulta interesante analizar.

En lo que sigue desistiremos de denominar “pro vida” a quienes se autodenominan así pues no es pensable que nadie esté en contra de la vida; asumir tal cosa es demonizar al otro desde el inicio. El campo anti abortista está mejor definido como “pro feto” en tanto el feto es su fetiche.  A la vez el uso de la denominación “pro elección “ para el campo propicio a la legalización del aborto, marca con justicia la asimetría entre quienes quieren definir las decisiones ajenas y quienes abogan por la libertad individual en las mismas. Sin perjuicio de la objetividad del análisis posterior el autor se inscribe entre estos últimos.

Celestes

El discurso en el ámbito “pro feto” muestra tres elementos claros: pensamiento para-científico, formalismo jurídico y negación.

Los argumentos antiabortistas abundan en la mención de elementos de origen científico (embrión, gametos, ADN …) de manera imprecisa y sin profundizar en su contenido. El manoseo de la palabra “vida” es significativo pues nunca está acompañado de los adjetivos o definición de características que le dan sentido a sus diferentes formas; valga decir que vida y vida humana solo son intercambiables (equivalentes) para quien es ajeno a la ciencia. A la vez muerte y nacimiento no pueden ser intercambiados sin perjuicio de la causalidad sin embargo el abortista niega la síntesis que da título a este trabajo: “nadie muere antes de nacer”.

El formalismo jurídico condena al “pro feto” a afirmar que la realidad es definida por la ley sin percatarse que la ley es solo una forma de situarse la sociedad, y sus relaciones, frente a la realidad. Ni la Constitución ni ley alguna convierten a un feto en una persona, de la misma forma que no pueden definir el valor de las constantes universales. Toda ley es modificable de jure o de facto mientras que la realidad tiende a ser independiente de nuestra voluntad y siendo dinámica tiende a la estabilidad. El sofisma navega con tranquilidad las aguas del formalismo cuando omite, por ejemplo, que el sentido de un Tratado queda demostrado por la voluntad de sus firmantes; nadie que admita leyes de aborto legal firma Tratados o Convenciones que explícita o implícitamente lo prohíban.

En cuanto a la negación, la primera es la numérica, el campo anti aborto niega su evidente minoría global y local. Existe aborto legal en casi todo el mundo salvo en lo más atrasado de América y Africa; no se trata solo por cierto de una cuestión de cantidad sino también de calidad pues el aborto es legal en los países económicamente más avanzados como también en aquellos, ¿casualmente?, más avanzados en materia de ciencia, educación y salud. La minoría en el país está expresada no por las proporciones legislativas que obedecen a otros lineamientos sino por el carácter moderno de la sociedad argentina y las quinientas mil argentinas que eligen interrumpir su embarazo cada año, votando con su cuerpo a pesar de los riesgos, según un organismo de procedimientos inobjetables como la OMS.

Sin embargo el “pro feto” que lea el párrafo anterior cuestionará la última cifra porque el campo  anti abortista niega el método científico y de la mano de la Iglesia puede llegar a negar hasta la teoría de la evolución. Desconoce que la ciencia es una elaborada construcción donde métodos y resultados son contrastados de muchas maneras entre pares investigadores que los evalúan independientemente. Por lo tanto, salvo la realización de un experimento crítico (de aquellos que llevan a  modificar un paradigma), cuestionar el consenso científico existente en biología sobre la gestación y demás no está en las manos de cualquiera ni se convalida con una ecografía retocada y mal datada de un feto de 22 semanas sacada de Facebook.

En torno a esta negación se ha de notar sus consecuencias. En tanto aquí se nos trata de detener en el tiempo, la ciencia y la filosofía más avanzadas no se ocupan ya de la interrupción del embarazo, un tema por demás superado hace décadas, sino que analizan los problemas y protocolos de la fertilización asistida y el diseño genético, la compasión post parto y la eutanasia.

Verdes

Pasemos la página para considerar las debilidades en el campo “pro elección”.  Nuestra sociedad ha visto deteriorarse el nivel educativo, las pruebas así  lo demuestran. Muchas de las críticas señaladas arriba se aplican a los defensores del aborto legal en cuanto a desconocimiento científico y de la ciencia que les impide muchas veces ver en profundidad la cuestión. Dominada por la dificultad de ser quien promueve el cambio y la inflamada resistencia al mismo la dirigencia legalizadora puede ser pasible de crítica por a) caer en las trampas sofistas que le ponen b) manejar el tema con sentido táctico y no de principios c) usar eufemismos y concesiones que debilitan esos principios.

El sofisma es un razonamiento que parece lógico pero no lo es, el sofista normalmente apela a lo accidental en lugar de lo esencial o enuncia causas irreales ignorando la real. El discurso “pro elección” se ocupa demasiado de cuestiones menores que le contraponen, como por ejemplo, la viabilidad fetal, un detalle a atender recién en el caso concreto informando a la paciente de sus opciones. De la misma forma es inadmisible al menos en una democracia republicana como la nuestra que se incluya en la discusión auto elegidos voceros de un ser imaginario que usan la “opinión” de este como argumento pues bajo esa lógica “todo vale”. El discurso “pro elección” debería ser firme en exigir racionalidad a sus interlocutores.

Tras décadas de atraso legal y años de esfuerzo de las ONGs a favor del aborto legal, la búsqueda de consenso y unidad termina privilegiando la más inmediata solución favorable del tema aunque esa solución sea solo parcial. Una mujer abortando cada 2 minutos, como ocurre en la actualidad, con todos los riesgos y males que implica la clandestinidad es una razón de peso difícil de soslayar para no arriesgarse al fracaso. Esa necesidad táctica no obstante ha llevado el tema a ser tratado como un tema de salud, poniendo eje en las muertes, accesibilidad y costos, cuando es un tema de principio que la mujer sea libre para ejercer una reproducción responsable pudiendo elegir cuando y bajo qué circunstancias embarazarse y llevar ese embarazo a término.

En paralelo con lo anterior la argumentación se torna eufemística para evitar la crudeza que en definitiva rodea un tema que tiene que ver con el sufrimiento por un lado y la postergación por otro. Las múltiples causales válidas para interrumpir un embarazo se escabullen y minimizan, de resulta de lo cual, se acepta implícitamente convertir la decisión responsable en un mero capricho o una forma de no “cuidarse”. Esa decisión responsable es la que termina un embarazo no buscado tanto como no deseado; no asumirlo tiene consecuencias graves en la ley, entre las cuales está: limitar el tiempo para efectuar la práctica obligando a usar métodos de diagnóstico tempranos de mayor riesgo para el feto y llegar a aceptar que otro decida por una niña destruir su vida y salud, llevando adelante un embarazo adolescente.

Se omite decir que negar la posibilidad del aborto, dado que todo método anticonceptivo falla, convierte al sexo en equilibrio sin red, con lo cual se hace el juego a los que (como la Iglesia Católica y otros fundamentalistas) condenan el placer sexual y hacen de la maternidad un acto de expiación ineludible.

Se omite reiteradamente decir que la penalización del aborto es parte del cuadro general de discriminación de la mujer y lamentablemente en muchos casos el campo “pro elección” guarda excesiva distancia de ciertos sectores feministas con actitudes que parecen extremas y no son sino la complicación psicológica o la reacción demorada de la represión sexual y la discriminación social.

Futuro

Todos los sectores en el debate deberían ver más allá y tener presente la posibilidad de incluir el aporte de los científicos en la problemática que los separa, no ya para dilucidar sobre la necesidad y sentido de la interrupción voluntaria del embarazo sino para investigar sobre los temas concretos que ayudarían a una reproducción responsable en general. Se vislumbra que la investigación en mejores anticonceptivos, diagnóstico temprano seguro y  medios químicos de aborto, es una demanda social que las universidades y los organismos de Ciencia y Técnica deberían encarar.

Para finalizar cabe reflexionar que una cuestión personalísima y privada no debiera ser legislada. El Congreso  debería eliminar toda mención a ella en las leyes salvo aquellas sobre prestación universal de salud. Ese sería un paso superador, que definitivamente eximiría a toda  mujer de obrar según las convicciones ajenas, en total consonancia con las ansias de libertad e igualdad que entendemos guían a nuestra sociedad consciente de que corre el siglo XXI.

Como escribiera recientemente el intelectual uruguayo, Julio María Sanguinetti, en La Nación: “la maternidad es algo demasiado grande como para convertirla en un acto de resignación”.

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