La Argentina del miedo, al borde de la violencia

La estrategia del miedo llevada a cabo por el Frente para la Victoria para vencer al Frente Cambiemos en el ballottage del 22 de noviembre muestra la carencia de ideas, la falta de propuestas, y la ausencia de capacidad de discusión, características propias de una sociedad democrática.

En estos días, gran parte de la sociedad espera un debate entre los dos candidatos presidenciales, pero tal debate, en el marco de la campaña del miedo, es una farsa y no cumplirá el objetivo de brindarle a los electores las ofertas de las posibles gestiones. ¿Alguien puede suponer un debate de ideas y propuestas concretas, para solucionar los problemas de los argentinos? ¿Puede debatirse con alguien que acusa al otro de ser un ser una persona que, en caso de tener la responsabilidad de conducir el país, vaya a destruirlo?

Cuando en lugar de ideas hay únicamente acusaciones, en realidad, no hay adversarios sino enemigos. El debate del próximo domingo será entre dos personas que no darán una discusión de buena fe entre ellos, sino que será una discusión regida por la desconfianza y el recelo. Y es una lástima. Esto es producto de que uno de ellos -a quien considero parte de la vieja política- acusa sistemáticamente al otro de ser lo peor que le puede pasar a la Argentina y practica una campaña de miedo y desesperanza.

No obstante, la estrategia del temor no se agota en una falta de discusión de ideas, sino que encierra algo más profundo y sumamente peligroso: la cercanía, y hasta el roce, con la violencia política. Ejemplos de ello los vemos, por ejemplo, en Concepción (Tucumán), donde el intendente tuvo que atrincherarse en la municipalidad después de anular el pase a planta permanente de 470 empleados que realizó antes de dejar el poder el intendente anterior. También lo vemos en Merlo (Buenos Aires), con la toma de terrenos que aún no fueron desalojados.

Asimismo, hay actitudes poco democráticas cuando quienes dejan el poder llenan los organismos públicos con empleados que pertenecen a su mismo signo político, sin respetar la voluntad popular. El problema es que durante años asumieron que el Estado era propio y los angustia profundamente perder el “botín”. Seguramente, si el ganador del ballottage es Macri, estas acciones (que se vienen ya dando), se multiplicarán, sobre todo a nivel nacional.

Cierto es que todo lo anterior, sumado a la profunda política de amigo-enemigo –el que piensa igual y defiende el modelo es amigo;  el que piensa distinto y cuestiona el modelo es enemigo-, generó una gran grieta en la sociedad. Tal vez esto se puede observar con mayor intensidad desde las elecciones del pasado 25 de octubre.

Se equivocan quienes piensan que la herencia del kirchnerismo es sólo una desastrosa situación económica -debacle fiscal y cambiaria, presión tributaria récord, inflación, despilfarro del erario público, etc.-. El peor legado que deja el kirchnerismo es el pensamiento autoritario de desprecio al que piensa distinto, la trampa y la viveza -olvidando la enorme responsabilidad que implica gobernar un país-, la campaña del miedo, la persecución y el hostigamiento a quien se considera ya no adversario sino enemigo.

Estos doce años de kirchnerismo dejaron costumbres inmorales en gran parte de la sociedad y, sobre todo, en miles de jóvenes a quienes no se les ha enseñado el profundo valor de la discusión de ideas en una sociedad democrática. Ojalá todos estos vicios que deja el kirchnerismo, y encarna el candidato Daniel Scioli, pronto sean ejemplos de un triste pasado, que no debemos olvidar sino recordar en cada paso democrático que nuestra sociedad deba dar.

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