La desigualdad social ¿expresión de la desigualdad natural?

Este artículo se propone discutir algunas ideas que, creo, han modelado el pensamiento actual sobre la desigualdad social. Para ello acudo a una nota escrita el año pasado, que reflota este tema. Porque no es mi intención polemizar con el autor, no voy a dar mayores detalles sobre la procedencia de ese artículo. Mi único objetivo es brindar un marco desde el cual pensar y debatir el problema. Pienso que un tema tan sensible y complejo como la desigualdad social requiere una mirada más pormenorizada y crítica.

En la nota se afirma que la desigualdad en los ingresos no es un problema, porque es consecuencia de las desigualdades naturales que existen entre los seres humanos.

Desde mi punto de vista, esta afirmación es sólo parcialmente cierta. Es verdad que la desigualdad en términos de ingresos puede deberse en parte a condiciones naturales o biológicas, condiciones sobre las que en principio no podemos incidir, pero también se puede deber a condiciones adquiridas socialmente.

Algunos nacen hábiles para jugar al fútbol. Otros, para hacer cuentas en matemática. Un tercer grupo es bueno emprendiendo y tomando riesgos. Por otro lado, hay personas que adquieren ciertas habilidades y técnicas, producto de la práctica.  De esto no hay duda alguna. Las desigualdades –ya sean las naturales o las adquiridas socialmente- moldean el nivel de ingreso y bienestar individual.

Sin embargo, hay dos objeciones que hacer: la desigualdad social puede tener otras raíces. La corrupción, el fraude, el engaño, el robo y la malversación de fondos públicos pueden ser una fuente de desigualdad. La clase política, los empresarios y los diferentes  grupos pertenecientes a la sociedad civil no están exentos de caer en este tipo de prácticas por igual, y perjudicar a terceros.

Además, la desigualdad social sí es un problema. Al menos la desigualdad extrema, como la que impera en muchos países de América Latina. En Buenos Aires y buena parte de las megaciudades de América Latina existen dos ciudades en una, totalmente desconectadas y desintegradas entre sí. Esta situación es producto no sólo de una desigualdad a nivel material sino también, creo, de una diferencia en los valores, los hábitos y las prácticas sociales, que repercuten, por ejemplo, en el tipo de vivienda, además de su arquitectura y localización. Las consecuencias obvias son la falta de cohesión y un permanente aislamiento entre una ciudad y la otra.

Pero, ¿es este contraste necesariamente malo? En un contexto social como el argentino, caracterizado por la falta de educación, la pobreza, el narcotráfico y el crimen organizado, se torna rápidamente un problema.

Según el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills (1916-1962), estamos en presencia de un problema público que trasciende la esfera individual; no se trata solamente de un inconveniente privado de quién sufre la desigualdad, tiende a ser un problema que trasciende a la sociedad en la que vive ese individuo. Es por ello que, en general, los ciudadanos consideran que el Estado y el Gobierno deben hacerse cargo del problema. Se ponen a disposición las instituciones públicas estatales y no estatales para tratarlo.

El autor de la nota en cuestión afirma que la causa de que los políticos y los tomadores de decisiones en una sociedad vean en la desigualdad social un problema reside en una visión errada sobre la economía: la idea del juego de suma cero. La idea de que en una transacción comercial, unos ganan y otros pierden, unos se benefician y otros no. En este punto estoy de acuerdo con el autor: La economía capitalista, con reglas capitalistas, no es un juego de suma cero: las personas que ganan dinero no lo hacen a costa de otras que lo pierden. En una economía abierta, donde la libre competencia es la regla, la iniciativa empresarial y el comercio libre tenderán a aumentar el nivel de riqueza de una sociedad. El progreso se extenderá a todos sus miembros. Algunos avanzarán más rápido y otros más lento, pero todos se beneficiarán.

El problema de este planteo radica en que no todas las economías (ni siquiera una pequeña fracción) son libres, dentro de un mundo interconectado y globalizado, y algunas se encuentran actualmente muy protegidas, reguladas e intervenidas por el Estado (entre ellas, las economías de naciones avanzadas). Con lo cual los potenciales beneficios de una apertura irrestricta de la economía se deben, por lo menos, relativizar. Esto, sin mencionar otros factores que inciden negativamente en las posibilidades de éxito, como la falta de una cultura emprendedora, la insuficiencia de condiciones materiales mínimas, recursos educativos a disposición y condiciones sanas y dignas de vida, factores muy presentes en países como el nuestro. La alimentación, como se ha demostrado científicamente, cumple un papel esencial en los primeros años de vida. Todo esto repercute en el desempeño económico.

Vivimos en un mundo donde las economías poderosas suelen protegerse y cerrarse bastante, disposición que evidentemente repercute en países menos desarrollados (en especial, en períodos de crisis aguda). Todo esto es bastante sabido, pero creo que debería ser revisado.

Quizás el artículo al que aludo no pretendía ir tan lejos, pero en esta oportunidad me interesaba dejar en claro mi punto de vista sobre la desigualdad social. Y lo más importante: no podemos ignorarla o quitarle valor por considerarla una expresión de las desigualdades naturales. Debemos ir más allá, para poder diagnosticar el problema, formular políticas públicas y encontrar soluciones o alicientes a un tema –devenido en problema- que desborda los límites de la esfera individual. Lamentablemente en los últimos años se ha avanzado muy poco en este tema, como lo demuestran aquellos índices que lo miden (Coeficiente Gini).

Esta tarea se puede hacer desde el Estado o por fuera de él. Pero si no nos hacemos cargo del problema que representa y no le encontramos una solución definitiva, propuestas políticas antiprogresistas (y poco éticas) coparán nuevamente el escenario político con viejas recetas que rememoran el paternalismo, el clientelismo y el autoritarismo, signos de viejas épocas que queremos superar.

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