La estrategia kirchnerista de escrachar con Quebracho

Necesitamos un cambio: Quebracho atacó a huevazos a Cavallo en la UCA y no puedo menos que repudiar el hecho, al igual que repudió toda expresión de violencia política en general. Sobre todo repudio que muchos han salido a defender el hecho o a reclamar que debería prohibírsele hablar. Pero qué mal que andará el kirchnerismo que necesita recurrir a los servicios de la Side/Quebracho para atacar a ex ministros y apalancar a Kicillof. No voy a hacer una defensa de Cavallo, me interesa que pensemos juntos el aspecto institucional de todo esto.

Empecemos por distinguir entre persecución política y condena social como dos formas diferentes de violencia política. El Estado en su vocación de monopolizar la violencia legítima debe cuidar a las personas de las agresiones personales (por venganza o por cualquier motivo que nos guste o no) y debe a su vez castigar a quien comete excesos o crímenes a fin de traer justicia y legitimar su rol monopólico.

Claro que esta pretensión es utópica y con suerte logrará traer Justicia a una cantidad significativa de casos, pero no en todos. Sin embargo, al ver el tema político, en Argentina llegan a sentencia apenas cerca del 5% de los casos de corrupción y tardan en promedio unos 13 años aproximadamente en resolverse. Cuando el poder judicial no da soluciones se resquebraja la fe pública y comienza a reinar la anomia o los poderes fácticos. Caemos ante una situación conocida como “Estado Fallido”, como la que hoy vivimos en Argentina. Ante la falta de confianza en las instituciones las personas compensan legitimando excesos o cometiéndolos.

La agresión a Cavallo y su aval por varias personas y funcionarios evidencia un fracaso de la legitimidad del sistema político-institucional. En ese momento perdemos el eje de lo justo y lo injusto y se pierden los límites consensuados, así pasamos a legitimar la violencia según sea el caso alguien que nos cae bien o que nos cae mal. No podemos vivir de esa manera, ese camino termina habilitando todo tipo de desmanes y el límite nunca es claro hasta que se torna excesivo.

La violencia institucional no es novedad. La persecución política que ha llevado adelante el Gobierno Nacional contra quienes piensan diferente por medio de la Cadena Nacional, programas como 678 o fuerzas de choque como Quebracho, Luis D’Elia y otros monigotes merece especial atención. Ha sido un esfuerzo sistemático por anular al que piensa diferente apalancándose en el aparato coercitivo del Estado. Los escarches a periodistas o a referentes de las protestas ciudadanas son apenas algunos ejemplos. Lo que diferencia a este tipo es que es un ataque sistemático con verdadera capacidad de daño que se asimila a una forma de terrorismo, especialmente sí cuenta con el apoyo del aparato estatal. Los ciudadanos no podemos defendernos en igualdad de condiciones. La vocación hegemónica del kirchnerismo empobreció enormemente al orden republicano.

Por otro lado tenemos a la resistencia ciudadana, una forma de limitar al gobierno mediante la condena social u otros métodos como la rebelión fiscal, la huelga o hasta los cacerolazos. Se tratan de métodos extraordinarios que se dan como forma de resistencia ante una agresión previa. Siempre son referidos a un exceso. El problema es que ¿Cuál es el límite?¿cómo definir la proporcionalidad? Es entendible que la gente esté cansada y putee a un funcionario, en un momento de excesos puede servir para activar los contrapesos institucionales, pero no podemos aceptarlo como normal o como correcto.

Es hora de reactivar las instituciones de control, de habilitar a los fiscales para que traigan Justicia y resten legitimidad a los comportamientos que la ausencia o los excesos gubernamentales legitiman.

Tenemos que recomponer la fe de los argentinos en las instituciones y en que contamos con mecanismos justos para resolver conflictos. Para eso debemos trabajar desde todos los espacios políticos para crear herramientas que traigan justicia a los ciudadanos y los cuiden de los gobernantes sin importar quién se sienta en la Rosada.

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