La grieta en el país: ¿un fenómeno inexorable o pasajero?

Las recientes elecciones de medio término confirman la presencia de un rasgo en la política argentina que se ha vuelto, para muchas personas, un grave problema en el último tiempo: la llamada “grieta”. Su permanencia se ha prolongado más allá de lo que muchos analistas y líderes de opinión pública preveían. Es que, desde la asunción de Mauricio Macri en diciembre de 2015, muchas personas (incluyendo políticos) pensaron que la superación de la grieta era sólo cuestión de tiempo. No creyeron que la grieta podría sobrevivir e incluso potenciarse más allá de la estadía de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el poder (2007-2015).

¿Qué es la “grieta”?

La “grieta”, traducida a un lenguaje más formal, hace alusión a una fisura, clivaje o hendidura ideológica-cultural profunda que existe estructuralmente en la sociedad y que tiene sus raíces en los diferentes modelos de enseñanza y valores centrales que impregnan en el ser humano (desde su socialización primaria en adelante).

Pero esta definición no basta para caracterizarla. En efecto, la “grieta” se ha politizado de gran manera. La intensidad del conflicto político la ha ensanchado en los últimos años, dificultando aún más su cierre definitivo. La violencia, al menos la verbal, se ha hecho presente en cada rincón del país, a lo largo y ancho del territorio argentino, en Buenos Aires y el interior, en el campo y la ciudad.

Aún cuando se pueda argumentar que la “grieta” no es un fenómeno nuevo en la política argentina, lo cierto es que la democracia pudo, desde su retorno en 1983 hasta los primeros 5 o 6 años del siglo XXI, ocultarla o superarla circunstancialmente gracias a la emergencia de un consenso en la sociedad civil sobre el modelo político, económico y social que el país debía seguir.

El éxito parcial de cada aventura emprendida (la democracia como régimen en los ´80, la democracia y la economía de mercado en los ´90, el Estado intervencionista a partir de 2003) aligeraron la “grieta” que había estado presente de diferentes maneras en años anteriores.

Por el contrario, el fallido intento de conservar el modelo de convertibilidad y reformar el Estado entre el ´99 y el ´01 resquebrajaron nuevamente el terreno que parecía estar muy sólidamente construido [1].

De estos acontecimientos no se concluye un restablecimiento de la “grieta”, pero sí la aparición de un terreno fértil para su vuelta a escena en un futuro.

Lo que paradójicamente surgió es un nuevo consenso tácito sobre la economía y la política: la democracia de partidos o democracia liberal debía ser reemplazada por una más participativa, directa, de base y transparente, mientras que un Estado intervencionista y activo en el plano social debía sustituir la economía de mercado de los ´90.

La “grieta”, desde 1983 hasta nuestros días

En los años ´80 del siglo pasado, maduró un consenso acerca de los beneficios de la democracia como régimen político. Los actores políticos más importantes elevaron su compromiso con la democracia y entendieron, por fin, que les convenía (y, en definitiva, debían) actuar respetando las reglas del juego, lo que requería paciencia, mesura, diálogo y consenso. Las actitudes extremistas y radicales debían quedar al margen[2]. La política argentina dejó de jugarse en los cuarteles y pasó a tejerse en el Congreso. Los partidos políticos renovaron su ímpetu y la fiesta de la democracia tuvo su “cuarto de hora”, hasta que las malas noticias en el frente económico amenazaron su estabilidad, primero, y luego, la economía de todos los argentinos (sus ahorros).

En los años 90, la democracia logró estabilizarse luego de una serie de revueltas militares que fueron sofocadas y eliminadas a tiempo por el gobierno. Éstas ya no se repetirían [3].

Las reformas pro-mercado, auspiciadas por los organismos internacionales de crédito y Washington, buscaron ponerle fin a la aguda crisis económica y social que hundía al país en el abismo.

Con un liderazgo carismático bien marcado y una estrategia de “fuga hacia adelante” o de “golpear primero, negociar después”, el ex presidente Carlos Menem logró hacer aprobar en el Congreso sus leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado, lo que le confirió amplios poderes para proceder con la privatización de servicios y empresas públicas, y fusión y eliminación de numerosos entes públicos[4]. Además, se crearon las condiciones para la eliminación de subsidios y gastos superfluos por parte del Estado.

En los años 2000 y 2001, la recesión económica y penuria social que el país arrastraba desencadenaron una severa crisis. Los escándalos por corrupción socavaron la confianza de los ciudadanos en el gobierno de Fernando de la Rúa, en la política y en los partidos. Una serie de factores coyunturales terminó de debilitar a su gobierno, que colapsó luego de 2 años y 11 días en el poder[5].

Los consensos en el Congreso estuvieron prácticamente ausentes durante las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2003-2015), producto, en parte, de las mayorías que el oficialismo logró reunir en sucesivas elecciones libres y transparentes. La oposición logró, a lo sumo, bloquear el proceso político, pero nunca legislar o fijar una agenda legislativa propia (tal cosa sucedió por ej. con su victoria en 2009 y 2013).

La negociación, cuando tuvo lugar, se dio de manera transversal, sin los partidos políticos como interlocutores políticos válidos. El transversalismo y la política movimientista estuvieron a la orden del día.

La división de poderes se resintió, aparte del funcionamiento del órgano legislativo y de gobierno, con el accionar de una Justicia poco independiente, que respondía en mayor o menor grado a los intereses políticos de turno. Así es como numerosas causas e investigaciones judiciales fueron “cajoneadas”.

La “frutilla del postre” llegó con el hostigamiento del gobierno a los medios de prensa, el uso discrecional de la pauta publicitaria y la utilización del organismo oficial recaudador para disciplinar a la oposición.

El resultado fue que el régimen democrático viró hacia uno semidemocrático o autoritario en el que la grieta se reactivó. Esta transición estuvo acompañada por la polarización ideológica que el gobierno buscó explotar desde el discurso político para dividir la sociedad y reinar sobre ella.

De esta cronología de sucesos y eventos de la historia argentina, se desprenden una serie de hipótesis:

  1. En primer lugar, hay que decir que la “grieta” no es consecuencia del modo de obrar de un líder político en particular, aunque su presencia o ausencia puede ensanchar o moderar esa “grieta.
  2. En segundo lugar, el discurso político puede dificultar o facilitar el cierre de la “grieta” cuando ya existe, pero no es la causa de que ésta exista[6].
  3. En tercer lugar, la “grieta” es un producto de la falta de consensos -amplios y duraderos- en una sociedad, ya sea en el plano económico, en el político u en algún otro[7]Pero la falta de consensos no es suficiente para explicar la aparición de una “grieta”.
  4. Para que ésta exista debe haber, además, dos o más campos políticos enfrentados que arrastren con sus consignas a una gran parte de la sociedad y que consideren que en su disputa o en la resolución de la “grieta” hay “MUCHO” en juego. En el caso extremo (no en el argentino), su supervivencia física.
  5. El éxito de un modelo político y económico, cuando es duradero, tiende a forjar consensos sobre las nuevas reglas del juego y a debilitar o relajar la “grieta”[8].

Si estas hipótesis son ciertas, deberíamos esperar que la “grieta”, tal como la conocemos hoy en día, no desaparezca mágicamente producto del debilitamiento de los liderazgos políticos de turno. La grieta podria ser encarnada por otros lideres politicos en el futuro.

También deberíamos esperar que el gobierno no sea eficaz en desactivar la grieta por la mera fuerza de sus consignas y discursos políticos, o gracias a los frutos de un incipiente cambio cultural (cambio de costumbres).

Tampoco creo que baste para allanarla la difusión de los escándalos por corrupción que es tapa de los diarios por estos días y que, al parecer, llevará a importantes dirigentes del pasado ciclo político a prisión.

La posibilidad de cerrar la “grieta” se vincula, primeramente creo yo, a la durabilidad y éxito del modelo económico y proyecto político-institucional del gobierno. A los resultados concretos que tenga para ofrecer.

Con respecto a lo segundo, el buen funcionamiento de las instituciones de la democracia es una buena noticia porque tiende a reforzar los consensos forjados en torno a ésta (por primera vez en la década del ´80, como mencioné más arriba).

En relación a lo primero, el gobierno de Mauricio Macri todavía no ha demostrado que el proyecto económico y social puesto en marcha el 11 de diciembre de 2015 (¿una economía social de mercado?) es duradero y consistente en el tiempo. No ha demostrado su éxito. Para que lo sea, debería como mínimo producir logros que hasta el momento no ha producido.

En síntesis, mi tesis es que la “grieta” sólo se superará si el gobierno de Macri y su sucesor son capaces de construir y llevar a la práctica un proyecto económico-social rico en éxitos y duradero en el tiempo, en el marco de una democracia más sólida. Su proyecto de “unir a los argentinos” es un proyecto difícil, ambicioso, pero de ninguna manera imposible de lograr.

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