La política argentina, una larga decepción (parte I)

Hace semanas descubrí la fuerte decepción que tengo con el clima político actual. Los últimos años que pasaron los viví con la esperanza de que este año fuese uno espectacular, políticamente hablando. Supuse incorrectamente que luego de tanta berretada, mezquindad, atropello y desenfrenado vandalismo, la sociedad demandaría una nivelación para arriba en el debate público, y dicho reclamo sería correspondido. Creía que todos estos años de anomia, darían fruto a un renovado interés por nuestro futuro, y ansias de escuchar cómo será que entraremos al ya comenzado siglo XXI. Todo esto llevaría a la política a cambiar y mostrarse renovada e interesante. Me confundí y mucho.

La política —o mejor dicho, un importante sector de ella—, que consiguió salir impune del homicidio de la capacidad de asombro de la sociedad, va por una nueva víctima: la vergüenza ajena.

Alcanza con ver todo el revuelo que se generó con la idea del primer debate presidencial: petitorios en redes sociales, recolección de firmas por ONGs, artículos periodísticos, manifestaciones de intelectuales, todos ellos poco menos que rogando a los candidatos que debatan. Que argumenten. Que se diferencien. Que ilusionen. Que hablen y no repitan slogans. Que expliquen “qué corno tienen pensado hacer con el país”. Pese a que ahora parece que lo van a hacer, lo que destaco es que en el fondo, de forma consciente o inconsciente, estuvimos clamando a los tipos que quieren gobernarnos que —por unos breves minutos— aparenten que les importa nuestra opinión, que no pretendan comprarnos con dulce palabrería y una flor, sino que nos enamoren con proyectos. Esa parece ser la sed insatisfecha de parte de la sociedad. Hasta ahora el cortejo fue bastante estéril, y por momentos pareció uno más del tipo fúnebre.

No obstante, gracias a Dios, hay algo que los candidatos sí nos dan: una foto sobria y de mirada solemne, con un cartelito: “ni una menos”. Eso sí que es compromiso. ¿Tendrán algún proyecto en conjunto para presentarle a la sociedad? ¿Algún anuncio que compartir vinculado a tan compleja temática? No, solo una foto. Y ni siquiera una grupal.

Inmediatamente después, con la misma cara señorial, correrán a los empujones al programa que más cosifica a la mujer, que hace de “las tetas y los culos” su altar, y que sobrevive apelando a lo más bajo y pequeño de una sociedad: chimentos y conflictos patéticos. ¡Adelante, Argentina potencia!

Inicialmente puede parecernos inexplicable que los candidatos nos obliguen a verlos en tan grotesco escenario, pero si lo pensamos detenidamente, se deben sentir cómodos en dicho lugar. Hay varios paralelismos entre la “mística” de nuestra farándula y el populismo que varios de ellos abrazan. Ambos son exitistas, frívolos, buscan exhibir el presente como eterno, inmutable e idealizado y lo trataran de congelar con maquillaje u operaciones distorsivas. Son netamente efectistas, sobreviven a fuerza de impacto y escándalo, transforman a sus interlocutores en meros actores pasivos, silenciosos y expectantes del espectáculo; buscan aparentar ser inalcanzables, se sienten cómodos frente a la adoración y aprecian la adulación; sus referentes suelen ser personajes bastante brutos e incultos, que aparentan interés y entrega por el pueblo, mientras ostentan despreocupadamente su riqueza. Demasiadas similitudes de fondo como para que se sientan fuera de lugar.

Mientras Showmatch nos hace una lobotomía colectiva, le enseña a las mujeres que el camino del éxito es tener tetas y culos bien tonificados y un buen perreo, y a los hombres a verlas sólo como un objeto, los candidatos sonríen con sorna, incluso si alguno de los “humoristas” allí presentes se propasan con sus propias esposas. Tan imbéciles como hipócritas. Pero no importa, levantemos la bandera: ni una menos. En Argentina bastardeamos hasta las causas colectivas.

Para profundizar más esta olvidable actuación, estos nobles corsarios de la democracia se apiñarán en el escenario para tener más minutos de cámara; rezarán que sus preguntas sean bien lavadas y fingirán ser personas normales, como nosotros. ¡Qué poca estima nos tienen si ese es el parámetro de normalidad! Peor aún, si para ellos el prototipo de líder, estadista y representante es tan chato que le teme más al rating  que al ridículo.

Esta —pretendida— nueva forma de hacer política confundió humanizar un candidato con transformarlo en frívolo, trivial, tilingo, vacío y, por momentos, desvergonzado.

Atención, acá es cuando aparece el genio político del siglo XXI y nos dice: “hoy por hoy tenés que ir a lo de Tinelli, sino quedas afuera”. Ese irritante efectismo con el que hablan, ese desenfrenado pragmatismo que los justifica tiene demasiados vicios de raíz como para que ellos no se den cuenta. ¿Hasta dónde llegaremos con justificaciones semejantes? Me da tristeza solo de pensarlo. Tenemos democracia, pero dependemos de un conductor para que un candidato sobreviva.

Capaz ese genio le habla al típico argentino que en la terminal de ómnibus de Retiro, en vísperas de un fin de semana largo, le dice a las cámaras de televisión que no entiende por qué los medios dicen que “las cosas están mal”, si las dársenas y los colectivos están llenos. No se da cuenta que “lo que está mal” es la villa justo detrás del colectivo que se está por tomar. Villa que es un crudo reflejo del fracaso de esta gestión. El colectivo y su escapada de “finde” le tapan la pobreza.

Como nuestro país, la consigna “Ni una menos” no demanda una ley, sino de un profundo cambio cultural y de formas ejemplares. Algo que estos caballeros parecen no entender todavía, y hay pocos interesados en buscar e instigar. Gris futuro sobrevuela a la eterna joven promesa —Argentina—, a la que cada vez se le notan más los años.

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