Las falacias del relato K sobre el Estado

El 13 de abril de 1655 el joven Luis XIV se convertiría a sus 16 años de edad en el autor de una de las frases más célebres de la discusión política moderna al decir: “El Estado soy yo”. Con estas palabras el joven Rey Sol pretendía recordar la primacía de la autoridad real poco tiempo después de sofocar la sublevación de la Fronda. Su interpretación correcta es la identificación del rey -el gobernante de la monarquía absolutista- con el Estado. Si bien la frase no consta en las actas de reuniones del Parlamento, lo que hace presumir por muchos historiadores que la misma fue creada por los enemigos del monarca, lo cierto es que en esa fecha, y ante el propio Parlamento Francés, Luis XIV decretó diecisiete edictos tendientes a aumentar la recaudación fiscal, la que pasó de 130 millones de libras en 1653 a más de 160 millones en 1659-1660.

Esta postura, que considera al gobernante como un sinónimo del Estado, fue criticada por los pensadores liberales contemporáneos a la Revolución Francesa. Con el correr de los años el poder desenfrenado de la monarquía y las elevadas sumas de dinero cobradas mediante impuestos a un pueblo empobrecido, el cual no se beneficiaba con las debidas contraprestaciones por parte del Gobierno, generaron un clima de tensión social el cual desató las dos revoluciones más relevantes del siglo XIX, siendo éstas la Revolución de las Trece Colonias Inglesas, en Norteamérica, y la Revolución Francesa en Europa.

Del “El Estado soy yo” al “Estado somos todos”

En el mundo posrevolucionario, en cambio, podemos encontrar la postura opuesta a la del Rey Sol, siendo que muchas personas en todo el mundo comenzaron a afirmar que “El Estado somos todos”. A diferencia del postulado anterior, es muy difícil encontrar el autor de tal afirmación, pero pareciera a simple vista que la interpretación es “simple y clara como el agua”, siendo que el Estado seríamos todos los habitantes del territorio estatal, o mejor dicho, que el Estado pertenece a una masa indefinida denominada “el pueblo”. Pero esta interpretación de un dicho popular resulta muy confusa para muchas personas, entre ellas, quien escribe estas líneas. Sinceramente, en mis 27 años de edad, no he podido resolver la siguiente incógnita: ¿quién es el pueblo? O más precisamente, ¿quién otorga los títulos de pertenencia al pueblo, a la oligarquía, al anti-pueblo? ¿Y si estos títulos son -como afirman muchos independientes de la nacionalidad- del individuo? ¿En qué momento procedo a pertenecer a una masa de individuos para olvidar, valga la redundancia, mi individualidad? Espero que sepa disculpar el lector mi desorientación, pero la misma surge a partir de la lectura de teorías contradictorias, ya que mientras los seguidores de Karl Marx me aseguran la existencia de una lucha de clases llevada adelante por proletarios y burgueses, los líderes populistas de América Latina adhieren a teorías de Norberto Bobbio e intentan convencerme de la existencia de un pueblo en constante conflicto con un anti-pueblo. Al mismo tiempo, en la misma órbita pero diferente sintonía, los liberales que fundaron mi país dejaron escrito en la Constitución Nacional que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley. Más allá de sus puntos de vista antagónicos, los referentes de estos pensamientos me han repetido hasta el cansancio que el Estado somos todos, a pesar de que muchos se guían por el lema de Luis XIV cuando llegan al poder.

Desgraciadamente, decir que el “el Estado somos todos” no significa que mis vecinos y yo podamos elegir cual es el rumbo que tomará nuestro país en un futuro, sino más bien que puedo elegir a un representante mediante un voto que vale solo un 0,000002% del total, o que, en su defecto, puedo obedecer al dictador o tirano de turno, elegido o no por el pueblo. Tampoco puedo elegir pagar o dejar de pagar mis impuestos cuando no me encuentro satisfecho con los servicios que me brinda el Estado, y acerca del uso y el destino del dinero público. Por otra parte, tampoco tengo libertad para mantener o revocar el sueldo de un corrupto o un ineficiente, ni elegir qué leyes son justas o injustas.

“El Estado somos todos” en la versión del kirchnerismo

Espero que no me malinterprete el lector. En lo personal, prefiero la democracia a la dictadura o la monarquía, así como también creo en las virtudes del capitalismo. También quiero aclarar que soy uno de los pocos argentinos que cree hoy en día en los cambios graduales y las virtudes del individuo. La disconformidad que pretendo manifestar en estas líneas es contra cierta propaganda partidaria a la que hemos sido expuestos en los últimos meses por parte del régimen kirchnerista saliente, porque pareciera que afirmar que “el Estado somos todos” es sólo una frase vacía hecha para convencerme de pagar los impuestos y aceptar amablemente las decisiones del gobernante de turno y sus consecuencias. Si hay algo que ha puesto en el mismo camino a socialistas, anarquistas, liberales y demócratas es que la función del Estado debe ser discutida por sus ciudadanos y gobernantes, o al menos eso dicen todos antes de llegar al poder. Pero la triste realidad es que, al final de cuentas, no estoy seguro de quién es el Estado, de lo único que estoy convencido es que “El Estado no soy yo”.

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