Las patentes no son lo que solían ser (Tesla tenía razón)

El mundo cambió, no hace falta que se los diga. Antes el conocimiento era limitado y de difícil acceso. El que tenía una idea, si era un poco más rápido que su vecino, tenía un diferencial de mercado. Antes la propiedad intelectual, como acto de apropiación de una obra, tenía sentido. Parecía que todo era nuevo, que todo era único, que nadie se inspiraba (en el buen o el mal sentido) en lo que otro había hecho. Esto ya no es más así. Las patentes no son lo que solían ser (aunque en realidad nunca fueron del todo útiles y mucho menos justas, ver Plagios Históricos).

La era del conocimiento (A.K.A. Internet de fácil acceso) hizo que todos los que tienen ganas de hacer algo, tengan la ciencia a alcance de la mano. Hay hacks para lo que queramos y, si bien no está todo inventado, es altamente improbable generar una idea que no colisione con una idea similar (sino igual) en un par de miles de sitios de la Internet. Los desafío a seguir los siguientes cinco pasos: (1) tomen la idea que crean más innovadora, (2) googlen, (3) deprímanse, alguien seguro que ya lo pensó, (4) dejen de llorar, (5) mejórenla, encuentren otros usos, contacten a las personas que ya tuvieron experiencia y colaboren.

Este cambio generó grandes negocios y dejó atrás a otros tantos que eran menos aptos para la evolución humana, darwinismo puro. Contrariamente a lo que se creyó en un primer momento, los nuevos negocios abiertos trajeron más utilidades que los viejos modelos. Cambió la manera de hacer plata con la música, con el cine, con los libros y, así, poco a poco, fue devorando todo lo que tenía que ver con la protección de ideas cerradas, obligándonos a migrar a la era de la colaboración y construcción abierta. El que más dinero gana es el que mejor sabe colaborar, el que sabe poner su conocimiento al servicio de la humanidad. Esto genera un círculo virtuoso en el que hay que saber, hacer y compartir para ganar. Y cada creación dispara un sinfín de nuevas ideas. Una bola de nieve de evolución tecnológica, casi la clave de la singularidad.

Hace unos días la empresa Tesla, de autos eléctricos, decidió liberar todas las patentes. Eso quiere decir que no existe ninguna limitación para acceder a alguna de las creaciones únicas de Tesla y reproducirla o mejorarla para uso propio o, inclusive, comercial. Otro caso es el de Microsoft, otro gran jugador del mundo de “lo cerrado”, quién abrió la posibilidad de adquirir licencias bajo las cuales pone a disposición el código fuente de Windows. Así, las empresas se van descontracturando, van encontrando otra manera de hacer negocios sin privar al mundo del conocimiento que lograron. Logrado, después de todo, en base a conocimiento previo que a esta altura se torna imposible de tracear hacia atrás.

Lejos está esto de quitar mérito, reconocimiento y loas a los inventores. De los locos que crean depende el progreso, parafraseando a Bernard Shaw, pero el mundo de los negocios cada vez hace más foco en reconocer el conocimiento en sí mismo que el producto que ese conocimiento crea. Para ser claro, paga mejor – y es más loable implementar una buena idea y hacerse consultor en la materia que patentar esa idea y tratar de vivir de regalías.

Plagios Históricos

Más allá de la aceleración de estos cambios de paradigmas, las patentes históricamente no dieron solución a todo. Por ejemplo, la invención de la radio, atribuida a Marconi, fue disputada por Tesla a quién en realidad se le dio la patente en EEUU. Caso similar es el de la patente del teléfono, cuya patente fue registrada por Bell en 1876, pero el primer registro del aparato es de un italiano llamado Meucci quien no pudo patentarla por andar corto de cash. Le faltaban 10 dólares, cuenta la historia. Si venimos un poco más para este siglo, el genio Steve Jobs no inventó el iPod (lamento romper corazones), Kane Krame patentó el dispositivo base en 1979.

 Y esto no termina acá, lo mismo pasa con el conocimiento científico. Un error terriblemente repudiable y causal de quedar fuera de todos los congresos es no citar idea de terceros en trabajos de investigación. Se dice que Einstein “olvidó” citar a Lorentz y a Pointcaré en su trabajo sobre la relatividad. También, se comenta que a Newton no lo inspiró la manzana, sino más bien un paper de Hooke que había leído por ahí.

 Más allá de estas, y algunas otras tantas, perlitas de la historia de la propiedad intelectual, la humanidad avanza, el iPod es un éxito, Newton y Einstein fueron dos grosos de la física y Tesla tenía razón (¿?). Hoy, tratar de hacer una traza hacia atrás de las ideas o inspiraciones que desembocan en un nuevo producto o hipótesis, se torna tan dificultoso como inútil.

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en: https://www.alejandrorepetto.blogspot.com.ar

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