¿Qué dice la desaparición de Santiago Maldonado de la sociedad?

Hace más de un mes que desapareció Santiago Maldonado. Este tema domina la escena política del momento y encontró cobijo en las distintas facciones políticas del país. Más allá de los distintos análisis que se puedan hacer sobre el caso, creo que hay muchas cosas tristes y pobres que el hecho vino a revelar de nuestra sociedad.

Pensemos el hecho en abstracto: un chico de 28 años desaparece hace un mes en el país, hay testigos que dicen que la última vez que lo vieron fue en una manifestación que terminó con una represión de la Gendarmería, aunque todavía no hay pruebas claras. La Justicia lo está buscando y se organizan marchas pidiendo su aparición, esperando que la presión social impulse y motive la búsqueda. En un país “normal” (o desde mi punto de vista aspiracional, al menos) un hecho así uniría a buena parte de la sociedad, y habría solidaridad y empatía para con los familiares y amigos del muchacho; a nadie sano se le ocurriría utilizar el hecho para sacar rédito personal y si alguno lo hiciera recibiría un rechazo unánime.

Acá el caso sirvió principalmente para reconfirmarle a algunos que los adversarios políticos que tienen son unos hijos de puta. Al toque el pibe fue catalogado como: un mártir social, solidario y plagado de buenas intenciones, para unos; y como un hippie vago cuatrero, para otros.  Como un símbolo de la represión más feroz, del plan renovado de genocidio setentista, para unos; o como uno reflejo de todo lo roñoso, violento, delirante y antisistema que hay en algunos grupos del país, para otros. Los sentimientos de rabia, paranoia y temor que tienen presa a la sociedad vuelven a estar latentes y dominan los análisis de los hechos.

Otro punto a resaltar es la desautorización que sufren las marchas por la mera concurrencia de algún personaje. La descalificación por cercanía es una práctica habitual en el país: desde hace años que cualquier marcha en la que participe Cecilia Pando es tildada de fascista por su mera presencia, independientemente de que el reclamo sea válido o no. Y eso es un error. No siempre quienes acompañan una marcha la deslegitiman, el problema es la utilización política de ésta. Que los nenes de La Cámpora y la mismísima Cristina se haya abrazo a la búsqueda cual salvavidas, no hace menos válido el reclamo de la familia y de personas de buena fe que quieren saber qué pasó. Lo mismo sucede respecto de la caterva de marginales que disfrutan de destruir el espacio público como si fuese una virtud.

Por otra parte, el problema de la intervención partidaria de los grupos violentos es que, al quedar identificada la marcha con ellos y sus reclamos, excluye automáticamente la participación de gran parte de los ciudadanos que, como yo, si bien entendemos válido el reclamo, no nos identificamos con aquellos grupos.

Nadie con medio gramo de corazón quiere que Maldonado siga desaparecido, pero algunos sectores políticos quieren atribuir la culpa a sus adversarios en caso de que no aparezca. Es decir, que si murió fue por ser un violento cuatrero o, para los otros, si murió fue producto de un asesinato y tortura por alguna fuerza de seguridad. No hay margen para el error en nuestra impresión de la realidad. Sentimos que si no pasó lo que creemos se pone en juego la estabilidad nacional, que algo horrible estará por ocurrir. Si lo asesinaron gendarmes todo el mundo podrá ver que el gobierno liberal facho de Macri es cruel y despiadado, pensarán algunos; si murió de una apuñalada, está vagando en Chile o lo que sea, será otro golpe de muerte al populismo y cada día nos acercaremos más al primer mundo, pensarán otros. Los destinos de la Nación se redefinen en cada hecho como si fuese una constante batalla de Ayacucho.

El cuerpo de Santiago Maldonado pasó a formar parte de nuestra lucha política, lo usamos como campo de batalla. La causa que motiva la pelea pasó a un segundo plano, a una anécdota. Pareciera ser que lo importante ahora es a quién le pegamos o cómo nos defendemos con la ausencia de Maldonado.

La funesta manipulación de información y difamación que hay del caso es el símbolo exacerbado de lo anterior. Algo conocido y con tradición, ¿se acuerdan las fotos de Nisman en boliches luego de su muerte? La víctima es oscurecida para restarle relevancia a su muerte. Llevado a este caso, a mí me llegaron mensajes afirmando que el chico había muerto apuñalado, infiriendo su participación en un asalto a un pobre baqueano. Lumpen, cortador de rutas y chorro, que muera en su ley. En Wikipedia la reflexión del caso es que es “un hecho sospechado como un caso de desaparición forzada por funcionarios del gobierno nacional”. Plan sistemático, orden de fusilamiento y liberalismo asesino, vamos por la liberación del pueblo engañado.

Somos un país que vive todo y elige bandos con la lógica y pasión de una cancha de fútbol en un Boca-River, pero sin hinchada visitante. Una sociedad que no puede tener causas comunes. ¿Qué podemos esperar de un país que hasta la celebración de un segundo puesto en un mundial termina con quilombo y piedras?

El caso de Santiago Maldonado nos revela no solo algunos defectos de nuestra sociedad, sino la imposibilidad de discutir o reflexionar que tenemos sin tomar partida por una posición que se siente atacada frente a un postura ajena y diferente.

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