¿Qué ideología tiene este gobierno?

En este artículo, me pareció oportuno remarcar la importancia que tiene la ideología para el futuro del sistema político y, en consecuencia, para el futuro de los argentinos.

Personalmente estoy convencido de que la clase política argentina (a través de los partidos políticos) debería delimitar y defender el campo ideológico en el que se inscribe.

Esta convicción no rechaza ni menosprecia la formación de alianzas y acuerdos entre los partidos. No abogo en este artículo por la política amigo-enemigo. Todo lo contrario. En artículos pasados -valga la aclaración- me manifesté a favor de acuerdos amplios y sustentables en el tiempo.

De hecho, creo que, para poder formar una coalición política exitosa, primero es bueno tener en claro sobre qué bases ideológicas y de poder va a descansar, para así poder sostenerla[1]. No es casualidad que, en general, sea bastante difícil consolidar alianzas de gobierno en la Argentina.

Algunas opiniones políticas y afirmaciones recientes sobre el gobierno pueden ayudar a identificar la dificultad de encasillar a Cambiemos bajo alguna etiqueta ideológica[2]. Esta incapacidad se extiende a una buena parte del sistema político.

Por nombrar sólo algunos ejemplos, a Cambiemos se lo acusa, desde la izquierda, el kirchnerismo e incluso el massismo, de profesar el neoliberalismo.

Otros, a los que podríamos catalogar de liberales y conservadores, le endilgan un kirchnerismo “light”. En realidad, la frase pertenece a la escritora y ensayista Beatriz Sarlo.

Algunos integrantes del gobierno y analistas políticos afirman que el gobierno liderado por Mauricio Macri es neodesarrollista, una nueva versión de la doctrina puesta en práctica por el ex presidente Arturo Frondizi durante su mandato al frente de la primera magistratura del país (1958-1962). La familiaridad del actual ministro del Interior, Obras Públicas y Vivienda (Rogelio Frigerio) con la mano derecha del ex presidente Frondizi, el Dr. Rogelio Julio Frigerio (1914-2006), no hace más que reforzar esta idea.

Desde hace un tiempo a esta parte, ciertos grupos políticos ligados a familiares de víctimas de la última dictadura militar han venido asociando a este gobierno con la junta militar que gobernó de facto la Argentina entre 1976 y 1983.

Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, dijo hace unos meses: “Si pudimos con Videla, vamos a poder con Macri”, en lo que resultó ser una comparación sumamente polémica y que generó gran revuelo[3]-

Quienes catalogan a este gobierno parecen estar convencidos de sus afirmaciones y no dejan margen para las dudas. Es en este marco que resulta difícil para el ciudadano medio identificar la ideología que define a la coalición de partidos que gobierna la Argentina[4].

Y, como consecuencia, el rumbo político y económico que podría llegar a tomar el país en un futuro.

Este análisis sobre el papel de las ideologías no deja de reconocer que las opciones de política a disposición del gobierno nacional son limitadas, producto de las restricciones políticas y financieras que enfrenta.

No obstante ello, considero que las ideas siguen teniendo relevancia luego de reconocer esas limitaciones.

¿Por qué es importante la ideología?

La respuesta a la pregunta se relaciona a los motivos por los que escribo este artículo.

El principal, está relacionado a la necesidad de revalorizar la ideología porque es allí donde una visión particular del mundo cobra sentido. Es en este terreno en donde se cimientan los supuestos, las verdades y las implicancias de un determinado y particular modo de pensar.

Las etiquetas ideológicas organizan y le dan sentido al pensamiento. Permiten sintetizar, vincular y ordenar lo que muchas veces se encuentra confuso, sin conexión o disperso.

Del mismo modo, son útiles políticamente, porque les permite a los votantes en una democracia informarse -con un mínimo de esfuerzo- sobre la visión, planes y metas de las distintas fuerzas políticas que compiten por ganarse el apoyo de los ciudadanos en las urnas.

Estas etiquetas no son las de las izquierdas y las derechas, en sí ambiguas, antiguas y confusas[5]. Me refiero, más bien, a términos como liberalismo, socialismo, comunismo, nacionalismo, desarrollismo o nacional-populismo. A sus respectivos programas y a las políticas que se desprenden de esos programas.

En vísperas de las elecciones, pero también en momentos en que la gestión del gobierno lleva la delantera, la ideología puede representar una señal sobre el comportamiento futuro de los gobiernos.

Este último papel de las ideologías es especialmente importante para la Argentina del primer cuarto de siglo: en una época en la que el rol de las instituciones y los valores republicanos (la transparencia, fundamentalmente) no deja de ser reconocido y valorado por la opinión pública, ser claros y precisos respecto de hacia dónde nos dirigimos como sociedad, es clave.  Porque el gobierno ha encarado una tarea que rebasa o trasciende su periodo de 4 años.

La ideología, en este sentido, cumple un papel no desdeñable.

Mucho se ha hablado en los últimos años de la necesidad de ser previsibles ante el mundo. Se podría generar un horizonte de previsibilidad a partir de un cambio en el escenario político-ideológico del país, reforzando la convicción de los argentinos de apostar en su país y, por qué no, de los extranjeros de invertir en la Argentina.

Cambiemos tiene que dar el puntapié inicial. Debe terminar de definirse ideológicamente. Para lograrlo, requerirá, a mi juicio, reordenar la “tropa” propia a partir de un mensaje y un discurso que refuercen las convicciones y las creencias de sus miembros.

El desafío más grande que tiene el Pro, el socio mayor de la coalición, es dejar de pensarse como un partido local y pasar a liderar la coalición a nivel nacional.

La construcción de una identidad -clara y visible- tendría lugar a partir de la apropiación de una ideología que unifique sus cuadros internamente y permita diferenciar el propio “espacio” del resto de los partidos y fuerzas políticas que integran el arco político. Este proceso de cambio lleva tiempo y no está exento de conflictos[6].

Se han dado algunos avances en esta dirección: el consenso en torno a una economía abierta, de mercado y competitiva parece estar recobrando nuevamente vigor, luego de una era en que las políticas de corte Estado-céntricas, nacionalistas y proteccionistas (con un liderazgo paternalista y casi mesiánico que las respaldaba desde arriba) tuvieron su gran auge (2002-2015). Estas últimas políticas dieron buenos frutos sólo durante los primeros años[7].

Un aporte adicional para el país es que el peronismo (con sus numerosas corrientes y movimientos que lo componen) se unifique en torno a una ideología.

A diferencia de Cambiemos, el Frente para la Victoria tiene una ideología definida, pero carece del apoyo de otras facciones importantes dentro del peronismo.

Como en tiempos pasados, este movimiento se ha dividido en numerosas facciones que “juegan” por separado.

Quizás, las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que se llevarán a cabo el próximo 13 de agosto lo ayuden a unirse en pos de defender una causa en común. Pero esto parece ser cada vez menos probable”.

El Frente de Izquierda (un conglomerado de partidos trotskistas), tomando el aprendizaje de la experiencia, apuesta a ir unido para hacer valer su peso en las elecciones y enfrentar con éxito las denominadas “políticas de ajuste”.

Independientemente de lo que suceda en los próximos días, considero que, abandonar los eufemismos, quitarle el velo a los discursos y clarificar las ideologías (que no es más que reconocernos como seres humanos pensantes, racionales y con una identidad inequívoca) son desafíos que las fuerzas políticas en Argentina deberían enfrentar. Para despejar las dudas y cimentar la construcción de las instituciones que el país necesita (los partidos políticos).

Quizás, el mejor momento para emprender este cambio sea luego de las elecciones generales de octubre, cuando el electorado se haya ya expresado con su voto y los dirigentes políticos sean capaces de mirar más allá del corto plazo.

La historia fallida del sistema político

A lo largo de la historia argentina, este camino (el de los partidos políticos con un programa y una ideología definida) se ha visto obstaculizado por la falta de un partido conservador, un partido liberal y un partido socialista y/o comunista fuertes electoralmente y con alcance territorial. Torcuato di Tella (1929-2016) deja entrever en su libro “Coaliciones Políticas” que esta ausencia tiene efectos durables en la composición del sistema político[9].

En su lugar, los militares, el peronismo y el radicalismo se han erigido en sus sustitutos hasta la década del ´80 del siglo pasado.

Durante esa década, los militares fueron desapareciendo poco a poco de la escena política, mientras que el peronismo logró refundarse gracias a un proceso de renovación hacia adentro.

Nuevos líderes aparecieron, entretanto las viejas tendencias del sistema políticos se conservaron: el peronismo recuperó su primacía en la sociedad argentina, mientras que el radicalismo -debilitado- continuó representando a una parte de la clase media a lo largo y ancho del país.

Ahora, la historia es diferente. Argentina se podría beneficiar como se beneficiaron países como Chile o Uruguay luego de la tercera ola de democratización en la región (1977-1978 en adelante).

Estos dos países, a diferencia del nuestro, presentan, desde hace un largo tiempo hasta la actualidad, sistemas políticos altamente diferenciados, lo que quiere decir que sus distintos sectores sociales (muy heterogéneos entre sí) se encuentran representados institucionalmente por la política.

La ventaja de esta situación es clara: los conflictos sociales son procesados institucionalmente, fundamentalmente por el Congreso y los partidos políticos. La protesta social tiene su lugar de expresión dentro de estos límites y no por fuera.

Esto es lo que sucede también en muchos países desarrollados de Europa y en los Estados Unidos. Pero no en la Argentina, donde el orden como condición para el progreso sigue siendo esquivo.

Existe una nueva oportunidad de no repetir la historia pasada. En esta nueva etapa, nuestro país tiene la gran chance de fortalecer sus instituciones y sobreponerse finalmente a las corporaciones.

Los partidos políticos programáticos son, al igual que en el pasado, el vehículo ideal para alcanzar ese progreso.

[1] La afinidad ideológica es importante para formar y sostener alianzas interpartidarias.

[2] Eso no quiere decir que no tenga ninguna.

[3] http://www.lanacion.com.ar/2028406-estela-de-carlotto-si-pudimos-con-videla-vamos-a-poder-con-macri.

[4] La integran estos partidos: Propuesta Republicana, Partido Conservador Popular, Coalición Cívica ARI, Partido Demócrata Progresista, Unión Cívica Radical, Unión por la Libertad, Partido FE, Unión del Centro Democrático y Confianza Pública.

[5] Las etiquetas de izquierda y de derecha no se ajustan bien al mundo del siglo XXI, son extemporáneas. Son útiles como base para construir modelos espaciales de políticas públicas, pero su capacidad descriptiva y explicativa es muy limitada: https://www.politicasypublicas.com/tiene-sentido-el-debate-ideologico-en-el-siglo-xxi/.

[6] Noam Lupu, 2017.

[7] Las políticas pro-mercado de la década de 1990 fueron, según diferentes encuestas de la época, respaldadas por buena parte de la sociedad a partir de su éxito durante el primer mandato del ex presidente Menem (1989-1995). Este consenso pro-mercado comenzó a diluirse lentamente post-crisis 2001-2002.

[8] Las razones de la división no son, por supuesto, simplemente ideológicas.

[9] En un comienzo, él asocia esta falta a la llega masiva de inmigrantes durante el período 1880-1930 y su fallida inserción en la vida política del país. Los inmigrantes, aunque muy activos en la esfera económica, no invierten políticamente (por no contar con la ciudadanía) y, por lo tanto, no son capaces de crear un partido que represente a los trabajadores (el laborismo o socialismo al estilo europeo) y la clase media y el empresariado (el partido liberal y el conservador). Esta situación contrasta con países que hasta las primeras décadas del siglo XX se parecían mucho a la Argentina por su nivel de desarrollo y su tipo de economía, como es el caso de Australia. Allí el problema de adquirir la ciudadanía no existía porque todos pertenecían a una misma comunidad política.

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