Realidad desfavorable durante 2015: año de déficit comercial externo

Un dato conocido en el ámbito de la consultoría económica se hizo realidad. Por primera vez en 16 años, el país sufrió un resultado adverso en la balanza comercial. Es la primera vez desde 1999 que el país sufre un déficit en ella balanza comercial es decir, importó más de lo que exportó en todo un año. No solo eso: hubo una gran reducción de las exportaciones, en un 17%, mientras que las importaciones solo lo hicieron en un 8%.  Las fallas en la política económica del gobierno anterior están a la luz de todos más allá de cómo lo querían hacer pasar “la mentira del monopolio”, lo cual no se va a discutir en esta nota. En los años anteriores, el INDEC presentaba resultados “reducidos” con el fin de no mostrar números preocupantes. Inclusive sobreestimaban las exportaciones con el fin de no permitir exponer la realidad.  Pero la ficción duró muchos años y los daños son severos. La falta de estudio integral de la situación argentina y el contexto internacional llevaron a este adverso resultado comercial que hay que sacar adelante, pero no a cualquier precio.

La realidad que el kirchnerismo le dejó a Cambiemos

Hay que exponer la herencia para comenzar con las medidas deseadas. Ese es el objetivo del macrismo y lo está empezando a deslizar poco a poco y la realidad del día a día también se lo está enrostrando. El problema no es solo la herencia de la década ganada, sino la herencia del siglo XX y la creencia de que las exportaciones de productos primarios van a salvar la economía del país y que todavía se sostiene en el tiempo. El quite de las retenciones tuvo como fin compensar la caída de los precios internacionales para abordar la problemática del sector agroexportador de otra forma, aumentando la cantidad de plantado, generando así mayores ingresos por la apertura de nuevos mercados.  Eso llevaría además, a generar nuevos puestos de trabajo y mayores ingresos para el país. Pero el problema es otro: la falta de producción  agroindustrial para no depender de vientos de cola o suerte de mercado. Desde la década del 60, con los gobiernos de Frondizi e Ilia, que no se distingue  un incremento exponencial de ramas industriales que generen gran valor agregado en el país. En la actualidad, la industria se especializa principalmente en productos que dependen de la coyuntura económica de nuestro país vecino, Brasil, y que cualquier estornudo puede engripar nuestra economía local. Lo mismo ocurre si llegara a ocurrir acuerdos de libre comercio con países como China o Estados Unidos. Habría una detonación de la industria local por el exceso de productos industriales  baratos y se fomentaría el producto primario simple, sin valor agregado. La soja es un “yuyo milagroso” que parece tener un ancla real, fuera de las vicisitudes  de los primeros años del gobierno kirchnerista y que sería ideal pinchar el globo del sueño, antes que se transforme en pesadilla.

La necesidad de la implementación de agroindustria de valor agregado es imperiosa para poder extraer mejores resultados de la balanza comercial y abrir a otros mercados como Europa y Asia. Los países con mejores economías son aquellos que poseen una gran estructura industrial desarrollada y tecnificada, con un sector de servicios de alta tecnología e innovación, la promoción de I+D (investigación y desarrollo) y un sector agropecuario que permita no solo producir alimentos, sino también valor agregado del producto del suelo. Argentina continúa siendo la mayor exportadora de harina y aceite de soja, y recuperó lo más alto del podio entre los productores del biodiesel, un combustible elaborado a partir del propio aceite de soja. Pero en otros rubros la participación argentina en el comercio global ya no es tan destacada como en épocas anteriores. El país disminuyó la exportación y la producción de harina y aceites de girasol, así como ocurrió lo mismo con  el maíz, el trigo y el sorgo. La diversificación de la matriz productiva argentina está bajo la lupa y la solución no es ser una país como India, algo que erróneamente deslizó la vicepresidente, Gabriela Michetti. Un país extenso, con diversidad de climas y regiones y relieves, debe comenzar un proceso de re transformación productiva, generando industria con verdadero valor agregado (y no ensamble de partes) donde la mayor cantidad de piezas se fabrique en el país, lanzar sector industrial pesado y agroindustrial  y sector servicios de calidad.

La capacidad de los gobiernos no debe ser administrar impunemente riqueza y distribuir pobreza sino generar medidas anticíclicas en los procesos económicos de bajo crecimiento o de decrecimiento y proveer de recursos a los sectores golpeados, mientras que en los momentos del ciclo abundantes se debe realizar un fondo anticíclico para financiar y cubrir esos problemas que generan los momentos malos. El deber del nuevo gobierno debe ser atacar los flancos débiles del sistema productivo argentino y convertirlos en virtudes. Potenciar el trabajo con altos salarios para la región, que se refleja en trabajadores con mayor nivel educativo y técnico, no fomentar el desempleo para bajar salarios y “hacerlos competitivos” como argumentó Jorge Triaca, el ministro de trabajo.  

Pensar eso es ver la historia y la realidad completa y no solamente la parte que toca es entender que el ciclo se repite y hay que achicar el tamaño de la onda cíclica para sufrir el menor impacto posible de la realidad. Eso es administrar los recursos del Estado y  la economía de un país. No dejarse llevar por el poder de lobby de algunas cámaras productoras que llevan solo agua para su molino.

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