Recep Tayyip Erdogan a un paso de consagrarse sultán de los turcos

El 21 de enero el parlamento turco aprobó un paquete de reformas constitucionales dirigidas a empoderar al ejecutivo sobre el legislativo. En esencia, esta novedad le permitiría a Recep Tayyip Erdogan formalizar y afianzar su dominio unipersonal sobre la política de su país. En efecto, el “sultán” –por su estilo autoritario– venía persiguiendo desde hace tiempo una reforma superpresidencialista, a modo de quitarle poder al parlamento, y hacer de Turquía un sistema no muy disímil al existente en Rusia.

Por descontado, el proyecto de reforma es controversial. En palabras de Pinar Tremblay, significa concederle a Recep Tayyip Erdogan una “presidencia imperial” integralmente basada en su imagen y semejanza. Aunque en la práctica esta es una realidad ya consumada, Erdogan necesita que el aparato legal rubrique el proceso. En este sentido, la decisión del parlamento debe ser ahora confirmada mediante un referéndum popular que posiblemente tendrá lugar en abril; y se anticipa que el voto será una de las instancias más relevantes como polarizadoras en la historia de la vida política turca.

Si Recep Tayyip Erdogan gana, tendrá rienda suelta para gobernar cual autocrático que es, y llevar a cabo su programa de contrarreforma cultural y religiosa, lo que le permitirá erosionar los cimientos laicos y republicanos del molde kemalista. Asimismo, tendrá la oportunidad de mandar sin trabas hasta el 2029. Una de las cláusulas de la enmienda constitucional estipula que las elecciones presidenciales ocurrirán en simultaneo a las legislativas, dándole al líder términos renovables de cinco años como virtual jefe de Estado y de Gobierno. Recep Tayyip Erdogan no puede darse el lujo de perder. Siguiendo la lógica prevalente, si el “no” triunfa en el referéndum, se enfrentaría a una derrota políticamente existencial. Aunque podría rebuscársela para prorrogar su caída, no contar con el voto de confianza de la ciudadanía dañaría irreversiblemente su imagen. Presumiblemente, la oposición volvería a recuperar terreno y legitimación, acaso revirtiendo el rumbo fijado por el jefe filoislamista. Sin embargo, creo que este último escenario es poco probable.

Recep Tayyip Erdogan hasta ahora ha tenido éxito en salirse con la suya, y desde lo personal dudo que esté dispuesto a exponerse a la derrota. En el último año ha sabido capitalizar la desazón causada por el conflicto y el terrorismo en la región para reafirmarse como el campeón nacionalista de Turquía, cosa que le permitió sobrellevar críticas de la oposición. Cuando su plataforma –el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)– perdió la cómoda mayoría constituyente en junio de 2015, el presidente se rehúso a formar una coalición con fuerzas rivales. En cambio, con el parlamento colgado, en agosto fijó elecciones para noviembre, en las cuales el oficialismo terminó ganando la mayoría de las bancas. No obstante, la victoria no fue gratuita. Durante los últimos meses de 2015 Turquía sufrió una intensa campaña de polarización, orientada a deslegitimar a todo sector opuesto a la dirigencia central. Apalancándose en el deterioro de la seguridad y en el ataque del 10 de octubre en Ankara, Erdogan arremetió contra políticos kurdos, englobándolos como conspiradores del (terrorista) Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), sugiriendo la existencia de una quinta columna en el seno de la sociedad. Fue así que, despertando fantasmas totalitarios, el líder artículo una retórica de “ellos contra nosotros” que aún continúa intensificándose.

Esto se vio con claridad en lo sucesivo al golpe fallido del 16 de julio de 2016. Desde entonces Recep Tayyip Erdogan viene comandando una purga en toda la nación para deshacerse de opositores. Por lo menos 150.000 funcionarios públicos fueron despedidos, y 76.500 personas fueron detenidas. Aunque la medida se ampara en la supuesta necesidad de desarraigar al movimiento gulenista (Hizmet) de la sociedad, acusado por el AKP de crear “un Estado paralelo”, Erdogan no perdió oportunidad para intimidar a los medios opositores, intervenir alcaldías kurdas, y perseguir a detractores en la sociedad civil. En este contexto, de cara al referéndum, Erdogan se presenta como el salvador de Turquía. A ojos del oficialismo, no se trata de un voto partidario como sí de un voto patriótico. Ergo, quienes se oponen a los designios del presidente son acusados de suscribir con Estados Unidos, Israel, Gran Bretaña, los masones, y los partidos kurdos de dudosa lealtad a la patria turca.

La situación de Recep Tayyip Erdogan será similar a la de Maduro en Venezuela
Un afiche difundido en Twitter por fuentes oficialistas. Plantea una lista de partidarios a favor (izquierda) del “sí” en referéndum constitucional, y otra con los que están en contra (derecha). Entre los detractores de Recep Tayyip Erdogan figuran los partidos kurdos, que se ven en el mismo espacio que el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), considerado terrorista por el concierto internacional. Asimismo, entre los que optan por el “no” también figuran Estados Unidos, Israel, Inglaterra, y Europa

Para Erdogan esta situación no supone ningún inconveniente para el libre desarrollo de los comicios. Les dijo a reporteros que el estado de emergencia dará “terreno cómodo” a los votantes, y que el “sí” en el referéndum representa “la expectativa de la nación”. Para demostrarlo, es probable que el AKP organice grandes eventos y manifestaciones para impresionar a la población. Con los opositores perseguidos o desbancados, la plataforma populista continuará evitando la distinción entre los enredos generales de Medio Oriente y los problemas domésticos. Armado con este paradigma, el hombre fuerte de Turquía pretende abolir toda diferencia entre Estado y Gobierno.

En base a la experiencia de Vladimir Putin en Rusia a la hora de manipular resultados electorales, no es inconcebible que Erdogan se propicie la victoria aun a costas de interferir en el recuento de votos. Hay demasiado en juego, y el referéndum simboliza la culminación de todos los anhelos “imperiales” de este sultán neootomanista. De todas formas, lo cierto es que con o sin fraude, Erdogan cuenta con el aval de por lo menos casi la mitad de la población. Si los números fuesen otros no podría consagrarse, en tanto no podría mantener la semblanza de legitimidad.

En definitiva, el referéndum pretende abolir la oficina del primer ministro, y darle al presidente la competencia de designar y remover ministros a discreción. En este esquema no habría independencia alguna para el poder legislativo o judicial. Dicho de otro modo, la separación de poderes está en jaque, y los cambios introducidos marcarían una bisagra en la historia del país. Si las cosas salen como lo planeado, el oficialismo podrá gobernar sin mediar palabra con la oposición, y sin preocuparse por el resultado de las elecciones parlamentarias.

Quizás vale comparar la situación con Venezuela. Allí Nicolás Maduro gobierna plenamente mediante decretos desde que perdió la mayoría en el Congreso en diciembre de 2015, amparándose para ello en la supuesta situación de “emergencia económica”. Ahora bien, bajo la reforma turca, Recep Tayyip Erdogan podría gobernar unipersonalmente sin que ello represente subvertir el debido proceso político, al menos constitucionalmente hablando. Por el contrario, lo extraño sería que el presidente acuda al parlamento para discutir temas centrales en la agenda. Con Erdogan a la cabeza, el parlamento no será más que un montaje, orientado a causar la ilusión de consenso y representatividad entre la población.

Turquía se anticipa a una convulsionada pero breve transición hacia un sistema de superpresidencialismo, que resulta controvertible incluso entre antiguos partidarios del Gobierno, incluido el ex primer ministro Ahmet Davutoglu –paradójicamente considerado como el arquitecto de la política neootomanista–. En todo caso, tan neootomano es Recep Tayyip Erdogan, que pretende atribuirse más poder que el que tenían los propios sultanes del Imperio otomano, cuyo poder se diluía en visires, gobernadores y caudillos

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