Reflexiones de un joven para América

No puedo evitar comenzar estas lí­neas describiendo las complejas y oscuras horas que vive Venezuela; son horas de tristezas, de agotamiento, de difíciles vientos que se mezclan con la desesperación, la fatiga y hasta el llanto de una sociedad que parece ya no dar más. No dar más por los golpes al despertar el dí­a y las embestidas al caer la noche. Por los sueños que se desvanecen y la realidad que tortura, por un futuro que parece no llega y por un presente que se pinta de tonalidades que impiden continuar el viaje. Así­ estamos, navegando en medio de un torrente que sea convertido el país, porque justamente es un torrente la búsqueda de los alimentos básicos, la preservación de la seguridad y la certeza que todo esto pueda cambiar. No es fácil, no ha sido fácil.

Sin embargo muchos aún no hemos desistido en la construcción de un país mejor, muchos aún creemos en esos sueños, que aunque hoy no sean realidad, en el mañana hay una posibilidad. Muchos transitamos el dí­a, a pesar de la adversidad, creyendo que se pueden hacer realidad. Estas lí­neas son una muestra de ello, y un intento por llevar un mensaje, una reflexión, de alguien que como tú, quiere un futuro mejor.

Entiendo que las situaciones en nuestra América sean distintas y hasta asimétricas, y que cada paí­s de nuestra región enfrenta grandes e importantes retos en la búsqueda por su desarrollo; pero si algo nos une es que somos parte de la misma narrativa histórica, de ese mismo hilo conductor que desde los procesos independentistas hasta nuestro días nos identifica, nos guí­a. Compartimos un mismo territorio, este inmenso continente que en sus inicios representó para occidente una luz de esperanza y que hoy simboliza y significa nuestra casa, nuestra raí­ces, y que definitivamente representa lo que somos. Es de ahí, de ese hilo común, que el compromiso por el continente tiene que ser de todos, que la paz, el progreso y la libertad no son exclusivos de algún país, sino valores fundamentales que los pueblos del mundo comparten en la travesía de sus dí­as. Son valores que no se suscriben a fronteras ni delimitaciones nacionales, sino que recorren los inmensos caminos hacia donde va el alma humana. Y Es por eso que en estos complejos momentos que transcurre Venezuela, el compromiso de todos los paí­ses que conforman el continente resulta vital e imprescindible, no sólo para la paz de Venezuela, sino para la paz y la libertad de la región. El ver que en el seno de la Organización de Estados Americanos se está y estará discutiendo la situación venezolana, me llena un poco de certeza que el continente está comenzando a entender el compromiso indivisible de todos con todos; no un compromiso polí­tico ni de transacciones económicas, sino un compromiso de valores, de ética y bienestar de nuestras naciones.

Lo que está ocurriendo en Venezuela, va mucho más allá de una pugna entre fuerzas políticas en la competencia por la configuración del poder. Va más allá de la izquierda y la derecha, de gobierno u oposición. Lo que hoy ocurre en Venezuela es una lucha entre un autoritarismo cada vez más feroz y la posibilidad de abrir espacios a la democracia; entre un sistema que empobrece y quienes nos negamos a creer que sea el único. Venezuela vive hoy una de sus peores crisis; crisis polí­tica, económica y social, y con un gobierno que se niega a entender que el único responsable es él. Mientras escribo estas lí­neas, en diversas ciudades del país la gente duerme en inmensas colas para conseguir un alimento básico sin que eso realmente signifique un logro. En los dí­as recientes ha habido diversas manifestaciones por alimentos en la ciudad de Caracas; reprimidas muchas, intimidadas otras. En el interior del paí­s, el caos empeora; hay lugares en Venezuela donde una pasta de dientes no se consigue, donde recortan la luz a temperaturas de más 35 grados. Periodistas venezolanos han sido agredidos por cubrir las manifestaciones en las colas por colectivos armados. Las colas por alimentos aumentan, la escasez se recrudece y las manifestaciones cada dí­a son más. La situación es verdaderamente insostenible.

El enfrentamiento polí­tico también ha aumentado; con la nueva Asamblea Nacional se respiran ciertos vientos de cambios, pero los golpes de un poder desintonizado de la realidad y que se niega a abandonar lo que causó, no permite fluir esos aires que el pueblo venezolano en su inmensa mayorí­a está dispuesto a permitir. El parlamento venezolano cada vez se encuentra más minimizado y obstaculizado, donde parece que la última y decisiva palabra la tiene el Ejecutivo. Las instituciones y los rituales democráticos están entredichos. Hace unos dí­as, unos amigos con una reconocida dirigente polí­tica nacional, se encontraban inaugurando la sede de su organización en Caracas cuando fueron amedrentados y golpeados por personas identificadas con el gobierno, mientras gritaban que ahí no podían entrar. Esta semana un compañero fue golpeado y amedrentado por las fuerzas de seguridad y bandas armadas por el hecho de protestar. No son sólo historias del dí­a a día, son historias que conozco, que vivo. Y Son hechos que se repiten y que claramente demuestran que no estamos en una situación normal. Son hechos que evidencian una escalada amplia en el conflicto. Son hechos que presagian algo muy malo.

Sé que la diplomacia se mueve entre tenues hilos y escenarios, donde muchas veces la prudencia está presente; también sé que los intereses legí­timos de cada paí­s son importantes y que de ellos dependen sus andares. Pero los valores éticos y los compromisos democráticos y cívicos no pueden reconocer fronteras, idiomas o culturas. Son cuestiones esencialmente humanas. Como humano es el espí­ritu de estas lí­neas, sin fanatismo polí­tico ni ataduras partidistas, sino con una esperanza clara de que la empatí­a humana, esa relación indivisible e invisible que configura las sociedades humanas, puede transcender los paradigmas, las opiniones y la distancia en pro de un mundo mejor.

Con estas lí­neas quiero dirigirme a toda las naciones del continente americano, a todas las organizaciones no gubernamentales, a los gobiernos del hemisferio, a los jovenes, a los trabajadores, en fin, a toda la sociedad internacional; Y ante estas oscuras horas que vive Venezuela, nuestras luces, cada vez más opacas y temblorosas, parecen no ser suficientes a la tempestad actual, y aunque sé que serán nuestras decisiones como venezolanos las que determinarán el futuro nacional, el compromiso de ustedes, no a una causa polí­tica, sino a la libertad y la paz como valores universales, será importante para la superación de esta terrible situación.

Todos nuestros países han transitado por amargos hechos que escribieron la historia, sus historias; desde dictaduras militares hasta situaciones económicas graves han pintado el paisaje del continente, sin embargo justamente la solidaridad internacional, de gobiernos y sociedades, ha sido fundamental para escribir una historia mejor; que lo digan los chilenos y los argentinos, los centroamericanos y los brasileños, que en sus días siempre hubo voces que hablaron y presionaron por ellos. No hablo de intervención sino de pronunciamientos, no de injerencia sino solidaridad. No sean indiferentes a lo que ocurre acá, al sol que se marchita, sino entiendan que por muy oscuro que pueda estar el lugar, las ideas, el apoyo, la solidaridad y la luz siempre pueden estar.

Con esperanza en el continente.

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