Tayyip Erdogan confirma su necesidad de acumular poder

El tumulto político sacude nuevamente a Turquía, donde el primer ministro Ahmet Davutoglu renunció a su cargo, quedándose fuera de la órbita del oficialismo, y confirmando la relevancia –ya incuestionada– de Recep Tayyip Erdogan, como el hombre fuerte del país.

Lo que sucede marca hasta dónde está dispuesto a llegar Tayyip Erdogan para consagrarse como sultán. No es secreto que el líder turco viene impulsando una reforma del sistema político para darle a Turquía un presidencialismo fuerte, símil al que caracteriza Rusia o mismo a Venezuela bajo el chavismo. Por otro lado, Tayyip Erdogan también incita una contrarreforma cultural y religiosa para erosionar el tradicional establecimiento kemalista (laico) que rige en las instituciones. La dimisión de Davutoglu tiene mucho que ver con estos aspectos, y se produce tras una serie de diferencias insalvables con su benefactor político. Si el primer ministro, que en teoría es quien ostenta el poder real, no puede remediar el descaro de quien ocupa el cargo supuestamente simbólico de presidente, lógicamente quien tira de las cuerdas es este último.

No obstante, las iniciativas de Tayyip Erdogan no pueden darse por sentadas. Pese a que se las ha arreglado para mantenerse como líder invicto, este se ha encontrado con muchos obstáculos en el camino. Prueba de ello, los comicios generales de junio del año pasado signaron la primera vez, desde 2003, en la cual el oficialismo, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), no ganó con mayoría absoluta. El parlamento entró seguidamente en una situación de paraplejía, desmoronando el mito que Tayyip Erdogan era imparable. Para varios analistas, las elecciones de junio demostraron que la posición electoral de dicho mandamás depende en gran medida del bienestar de la economía turca, por mucho tiempo el principal caballito de batalla de la campaña oficialista. Al empeorar esta, la figura del líder como caudillo nacional se vio deteriorada.

En su rol teóricamente simbólico como presidente, Tayyip Erdogan convocó entonces a nuevas elecciones en noviembre, relanzando a Davutoglu como su escudero. Gracias a un discurso derechista que supo capitalizar el conflicto con los nacionalistas kurdos, Erdogan logró recuperar la mayoría absoluta. Sin embargo, así y todo, en el proceso el “sultán” –como le dicen sus detractores– dejó expuestos varios flancos. En su esfuerzo por conseguir el régimen unipersonal que tanto desea, se ganó el reproche y antagonismo de las clases medias (cosmopolitas) del litoral turco, de los medios y los periodistas independientes, del Banco Central y sus economistas, y del popular movimiento islámico y renovador Gulen.

Las políticas de Erdogan han profundizado las divisiones inherentes de la sociedad turca. Esto es cierto en relación con la polémica turco-kurda, y con la serie de asesinatos contra periodistas que está oscureciendo la reputación del país. Notoriamente, el AKP recientemente logró aprobar una ley que deroga la inmunidad parlamentaria de los diputados. Dado el tono patotero del oficialismo, que retiene la mayoría constituyente, la medida es percibida como una facultad para perseguir a los políticos de la oposición, y especialmente a aquellos de origen kurdo. Tal como mostraron los medios internacionales, la deliberación de semejante propuesta terminó a los golpes y a las patadas.

La dimisión de Davutoglu se explica dentro de esta coyuntura. Están quienes sostienen que el primer ministro se cansó de los meollos dictatoriales de su benefactor. A diferencia de Erdogan, Davutoglu no es exactamente un político de raza. El segundo alcanzó la notoriedad gracias al patronazgo del primero, quién encomendó a Davutoglu “la parte intelectual” en materia de exteriores del AKP. En efecto, Davutoglu es considerado el padre de la llamada política neootomanista, que a grandes rasgos promueve que Turquía tenga una proyección internacional conforme su pasado de potencia histórica, sobre todo en Medio Oriente y sus cercanías. En este sentido, cuando Erdogan se convirtió en premier en 2003 adoptó el enfoque del intelectual, y consiguientemente lo elevó a funciones políticas, incluyendo la cartera de Exteriores.

En cierto sentido, Ahmed Davutoglu se convirtió en lo que Carlos Escudé fue para Argentina durante los años 90; el artífice intelectual de la política exterior, con la importante salvedad de que Escudé no ocupó cargos públicos. Al fin y al cabo, lo relevante es que las diferencias entre el político y el académico se hicieron insalvables, lo que necesariamente viene a signar la salida de este último de la política. Su renuncia, a pocos meses de ser ratificado como primer ministro, es la muestra explícita que prueba –ya indudablemente– quien es el que realmente manda en Turquía. Ocurre que luego de las elecciones de junio, Davutoglu estaba dispuesto a negociar con otras fuerzas políticas para formar Gobierno, y, según lo indican varias fuentes, se siente incómodo con la mordaza a los medios de comunicación, y con el trato denigrante que se le da a la oposición.

Esta moderación positiva es vista por la línea más dura como traición. Lisa y llanamente, tal como acontece en otros países con Gobiernos de corte antiliberal, el tono conciliador no tiene fuero dentro de la razón populista del demagogo. Expresado a la perfección por Cengiz Çandar, destacado periodista del ámbito turco, Davutoglu “entra ahora en el ‘panteón’ de los cadáveres políticos que alguna vez fueran grandes nombres del poder del AKP”. En suma, el caso muestra que Turquía está tentando su suerte con el autoritarismo, y que la democracia deliberativa, si bien no está del todo condenada, está en grave riesgo de ser aplazada.

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