Tecnología, programación y algunas ideas para un país mejor

No acostumbro a escribir de política doméstica argentina, pero a raíz de la asunción del nuevo Gobierno, tengo en el tintero algunas ideas que me gustaría compartir. Me refiero a proyectos a largo plazo, los cuales –vale aclarar de antemano– podrían merecer un estudio complejo y detallado, que aquí, por cuestiones de espacio, no desarrollaré. Mi objetivo es compartir algunos puntos disparadores para un debate más amplio que considero indispensable para el sano crecimiento continuado y sustentable del país, entre ellos, el avance de la tecnología.

Las mías no son ideas innovadoras, pero reflejan mis convicciones. Estoy plenamente convencido de que algunas de ellas ya han sido expuestas debidamente. Sin embargo, por lo menos hasta donde tengo entendido, nunca han sido planteadas con seriedad por los distintos Gobiernos de turno, ni mucho menos implementadas. La cosa es que, de llegar a ser estudiadas, analizadas, y puestas en marcha, las mismas deberán resultar necesariamente del consenso de gran parte del espectro político. Sugiero políticas que, si bien podrían gestarse durante la presidencia de Mauricio Macri, espero continúen en el futuro con independencia de quien sea el próximo mandatario. Estoy abogando por políticas de Estado que escapen a las brechas partidarias.

Por supuesto, este rumbo ha probado ser resbaladizo, y aunque todos están de acuerdo en que queda bien hablar de estrategias largoplazistas, en la práctica, cada plataforma y cada político hace de este discurso lo que mejor le conviene. No obstante, si Argentina está destinada a crecer, ciertamente no lo hará mediante atajos, soluciones mágicas, o actos de demagogia que en rigor destruyen la fibra de las instituciones. Lisa y llanamente, el país necesita políticas a largo plazo, y sin ir más lejos, esto es lo que me gustaría ver en el camino hacia una Argentina mejor:

Nepotismo y corrupción: reducir el empleo público y transparentar la información

Uno de los problemas crónicos de la Argentina es la corrupción. No hace falta decir mucho más al respecto. Es la conocida tradición criolla de asignar partidas presupuestarias que nunca llegan a destino, y la costumbre de crear cargos para los familiares y amigos. Paradójicamente, todo el mundo quiere conseguir un empleo en el Estado, y sin embargo parecería que nadie confía en sus instituciones, su burocracia, o sus procedimientos judiciales. La sabiduría convencional imparte que los empleos públicos raramente se destruyen, y que son bien remunerados indistintamente del rendimiento del empleado. En el fondo podría ser argumentado que el problema es cultural. Para ilustrar, mientras que en Estados Unidos ganarse la vida trabajando para el Estado está mal visto, en Argentina es la aspiración profesional número uno de millones.

En perspectiva, durante cada presidencia entran al Estado empleados que tendrán virtualmente asegurado su puesto de trabajo para siempre. En su mayoría son administrativos, oficinistas y burócratas. De este modo, la expansión del Estado va creando, por decirlo de alguna manera, capas geológicas de empleados públicos que nunca serán evaluados, y que, en algunos casos, seguirán cobrando sueldos, aunque en la práctica no trabajen. Según lo constata Ricardo López Göttig, en la última década se ha registrado un fortísimo incremento en la planta de efectivos estatales. Conjugado esto con el hecho de que casi la mitad de la población adulta depende de ingresos públicos para ganarse el pan, la situación se vuelve insostenible.

Cambiar este devenir no será fácil. Malversar el chanchito del Estado es la usanza del populismo que nunca falla. El único camino posible consiste en una combinación continuada de medidas inteligentes. Empezando por fomentar el sector privado, los distintos órganos del Estado deben realizar asesorías regulares para sancionar o expulsar a los llamados “ñoquis”, sean del partido que sean. En este sentido el presidente Macri está obrando correctamente, y sería esperable que esté inaugurando una práctica que se repetirá a futuro, mismo para con el equipo del oficialismo.

Asimismo, las propuestas del Partido de la Red deberían ser debatidas por los partidos predominantes. Las nuevas tecnologías ofrecen herramientas que pueden ser puestas al servicio de las instituciones, especialmente a los efectos de transparentar las decisiones públicas, y exponer proactivamente, y públicamente, el abuso de autoridad o la malversación de fondos. Si la corrupción y el nepotismo son patente en Argentina, la falta de transparencia institucional indubitablemente tiene mucho que ver. Por esta razón, sistematizar la información de interés público en internet, mediante uno o más portales accesibles a la ciudadanía, constituiría un gran paso hacia adelante.

Tal como señala Martín Böhmer, la vergüenza es el motor de cambio en el proceso de construcción de autoridad legítima. En este caso, como la corrupción es tolerada por la sociedad (el “roban pero hacen”, o el “todos son corruptos”), los atropellos contra las instituciones pasan desapercibidos la mayoría de las veces. Suponiendo que por ley los entes nacionales y provinciales deben subir diariamente todas sus transacciones a dichos portales, la ciudanía contaría con acceso rápido a los quehaceres de las haciendas argentinas. En teoría, y solo en teoría, las incongruencias serían detectadas, y los responsables, tarde o temprano, expuestos ante el mundo, sentirían vergüenza.

Reducción impositiva y educación financiera

No es ninguna revelación que la carga impositiva que pesa sobre las clases medias es exorbitante. Escapando de las circunstancias actuales, en un plano más general, es elemental que si uno va a distribuir la riqueza, primero es necesario generarla. Las excesivas cargas impositivas se han vuelto un camino fácil para financiar el también exorbitante gasto público. Esto se produce a costas de estancar a las clases medias, el verdadero motor productivo del país, y su reserva más grande de capital humano. Durante las últimas décadas el bienestar de las familias de ingresos medios se medía en función de su poder de compra. Es decir, si consumen, y compran autos o televisores, están bien. Si no acceden a una tarjeta de crédito para pagar en comodísimas cuotas, están mal. Se trata de una lógica infantil como bruta. En rigor, el bienestar económico de la gente, irrestricto de si las personas pueden comprar cosas caras o no, depende de su capacidad de ahorro.

Puesto de este modo, es muy preocupante que el ahorro sea un valor con poco cambio en el mercado. Con la coyuntura de tantos ciclos inflacionarios, el consumo se volvió una manera conocidísima para escaparse de la devaluación de la moneda nacional. Por ello, es necesario que de la misma manera que los chicos y jóvenes aprenden historia y matemática en las escuelas, también tengan clases y cursos relacionados con educación financiera. Esto no implica inculcarle al chico a ser el mítico burgués explotador villano que tanto aterra a las izquierdas duras. Significa enseñarle sobre el valor del ahorro, sobre el valor de pensar inversiones a largo plazo –para, entre otras cosas, acceder a la vivienda propia. Significa, dicho de otra manera, incentivar el espíritu emprendedor y responsable que en definitiva genera riqueza y puestos de trabajo. Organizaciones como Junior Achievement impulsan este tipo de formación indispensable.

Acceso a la tecnología y educación informática

Muy relacionado con el punto anterior, es necesario que la tecnología sea de lo más accesible. Argentina es el país más caro de la región para comprar equipos electrónicos. Mientras que algunos piensan que una Mac es un bien de lujo, otros más sensatos pensamos que es un instrumento de trabajo. Hoy en día desde una computadora se puede crear la próxima aplicación multimillonaria, el próximo juego más exitoso, el próximo servicio online más rentable. Lastimosamente, si uno presta atención a los catálogos de las cadenas de supermercados, la mayoría de las computadoras y notebooks en exposición, además de ser carísimas, cuentan con hardware medidamente anticuado, añejo, especialmente designado para el mercado latinoamericano. Mientras que algunos podrían pensar esta como una preocupación superflua de “cheto caprichoso”, yo la pienso como una desventaja que perjudica seriamente la competitividad de los programadores y técnicos informáticos argentinos.

Solo para ilustrar, alrededor de un 50% de las exportaciones de un país tan pequeño como Israel se derivan del sector de alta tecnología. Por otro lado, más del 50% del PBI de un país tan grande como India proviene del sector de los servicios. A la par que en India el sector agrícola está perdiendo terreno en la economía, la mayoría de los servicios en alza, proyectados a escala global, están vinculados con el sector informático.

Como bien advirtió Macri, Argentina es una usina de talento globalmente reconocido. Sin embargo, para que esta tendencia se asiente, para ofrecer más oportunidades y carreras en el rubro, es conveniente que la tecnología sea la más barata de la región. Concretamente abogo por una importantísima deducción del IVA y de los impuestos aduaneros que gravitan sobre los equipos electrónicos, especialmente aquellos esenciales para innovar y crear, como computadoras y monitores. Es de lo más ilusorio dar por sentado, como lo hacía el Gobierno anterior, que Argentina puede ser competitiva “produciendo” tecnología de consumo individual en Tierra del Fuego. Además de que no se produce nada propiamente dicho (pues todo es importado solo para que las piezas puedan ser ensambladas localmente), los costos logísticos de la llamada “industria nacional” son innecesarios, y encarecen lo que de otra manera sería mucho más accesible. El gran desajuste del pensamiento desarrollista es pensar en la computadora per se –terminada y a la venta– como el bien final, cuando en realidad el producto que cuenta en el siglo XXI es la materia gris detrás de los creativos que utilizan los instrumentos.

En línea con este planteo, del mismo modo en que existe un consenso en torno a la importancia de enseñar inglés en las escuelas públicas, es vital que se discuta enseñar programación. Pocos dudan que la programación es la carrera del futuro. Es de las pocas carreras que hoy por hoy ofrecen salida laboral inmediata, con sueldos cada vez más elevados.

Argentina llegó tarde a la repartija internacional del trabajo industrial. Antes apuntábamos a consolidar una industria pesada capaz de competir en los mercados más exigentes. Ahora nos conformamos con intentar fabricar productos de consumo. Por diestra o siniestra, lo cierto es que es insensato suponer que podemos competir con China, donde, por una cuestión de escala, se fabrica casi todo. Donde sí podemos competir, y donde sí tenemos todas las de ganar, es en el sector informático y de alta tecnología. Para ello, antes de que el Estado gaste dinero en regarle una notebook básica a cada estudiante, sería preferible que cada estudiante pueda comprarse una notebook avanzada.

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