¿Tiene sentido el debate ideológico en el siglo XXI?

La respuesta a la pregunta del título es un no rotundo, no tiene sentido un debate ideológico en el siglo XXI. Las razones de esta afirmación las intentaré exponer a continuación.

Primero es importante formular una aclaración: cuando hablo de debate ideológico no me estoy refiriendo a cualquier debate o discusión en el terreno de las ideas; hago referencia únicamente al debate en términos de izquierda y derecha, tal como tradicionalmente (a lo largo del siglo XX) se configuró. El debate izquierda-derecha ha perdido sentido y esto es cierto por varias motivos: en primer lugar, las democracias se han extendido a lo largo y ancho del globo durante el siglo XX. Los regímenes conservadores, autoritarios y totalitarios tradicionales (de derecha y de izquierda) han perdido terreno. De la mano de la democracia se han consagrado nuevas libertades y derechos, tanto políticos, como sociales y civiles. A medida que la democracia emergía y se consolidaba (proceso que aún no finalizó) el debate “bipolar” al que hago referencia tendió a disolverse cada vez más y a perder sentido. Es que el avance de la democracia con sus libertades diluyó las diferencias existentes entre regímenes y gobiernos de signo ideológico opuesto. Nuevos criterios se hicieron necesarios para definir gobiernos de izquierda y gobiernos de derecha, forzándolos y cambiándolos.

En segundo lugar, los ciudadanos del siglo XX comenzaron, cada vez más, a identificarse a partir de nuevos clivajes (fracturas, escisiones históricas) diferentes a los tradicionales, los existentes hasta entonces  Los clivajes de clase se fueron entremezclando con otros clivajes, igual o más importantes, perdiendo los primeros la “potestad” excluyente o primaria de estructurar las identidades en una sociedad. En países donde existen varios clivajes que no se superponen (en torno a la raza, la etnia y la religión por ejemplo), el debate ideológico pierde fuerza. Esta realidad fue observada por varios politólogos y sociólogos como por ejemplo Anthony Giddens.

En tercer lugar, los ciudadanos han perdido interés por un debate que no les resuelve nada. Si intervienen en política, lo hacen de una manera más puntual, más concreta, más acotada. No tienen interés en entrar en grandes debates ideológicos y “hacer la revolución” o intentar cambiar las macroestructuras. En buena medida, los ciudadanos erigen en la actualidad modos indirectos de actuar en política,  formas de control que ponen a prueba la capacidad de sus gobernantes. Estas formas trascienden las etiquetas tradicionales.

En cuarto lugar, los resultados  de seguir políticas tradicionalmente consideradas de izquierda (mayor intervención del Estado en detrimento del mercado, redistribución del ingreso en beneficio de los sectores bajos y medios por medio de transferencias directas, expropiaciones masivas, reforma agraria,  sustitución de importaciones, control de precios, etc.) no han tenido éxito o, al menos, no el que sus promotores esperaban. El caso de la Unión Soviética es claro, al igual que el de Chile con Salvador Allende, más allá de las reales intenciones de éste último. Las políticas consideradas de derecha que buscan recortar las libertades civiles, políticas y sociales con la misión de asegurar el orden no han demostrado tampoco ser eficaces para atender los problemas más urgentes, al menos en el mediano y largo plazo. En Argentina, los gobiernos cívico-militares, históricamente considerados de derecha, no han tenido éxito, especialmente cuando intentaron gobernar clausurando lo que ellos llamaron “la política” (1966-1970; 1976-1983).  El resultado más visible parece ser que ya nadie se jacta defender un conjunto de ideas a ultranza, en forma innegociable. Así, a la par que el debate izquierda-derecha perdía sentido, se fueron desplegando nuevas “etiquetas” (no menos inocuas y estériles) para corregir las ambigüedades e imprecisiones del lenguaje, como los términos de centro derecha y centro izquierda.

Estas son algunas de las causas por las que considero que el actual debate izquierda- derecha está agotado. Alguien me podría preguntar ¿entonces por qué estas etiquetas siguen operando hasta el día de hoy? Al menos en Argentina, creo que esto se debe a tres razones:

1)El término derecha es utilizado en un sentido peyorativo, para descalificar al adversario en política (e intentar por este medio ganar votos).

2)La falta de términos más útiles que estructuren el debate y funcionen como ordenadores de la política.

3)La incapacidad para superar el atraso y entrar en un debate propio de países más avanzados (en torno por ejemplo a los derechos de cuarta generación).

En síntesis, a menos que la discusión se enriquezca y se nutra de conceptos más útiles, el debate en su estado actual servirá poco más que para catalogar discursos, muy lejos de su original sentido de definir un conjunto de políticas relativamente coherentes y consistentes en el tiempo.

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